El año 2020 inició mal para República Dominicana con el asesinato de mujeres por motivos pasionales acelerando su ritmo, sin ningún reparo a la cada vez mayor muestra de indignación de la sociedad por estos crímenes.
Como este fenómeno se está manifestado en un año electoral, nuestros candidatos políticos se han apresurado a anunciar propuestas para atender esta problemática. Lamentablemente la mayoría de lo hasta ahora propuesto sería inefectivo, insuficiente y en algunos casos hasta peligroso.
Cualquier propuesta seria para combatir la epidemia de feminicidios en nuestro país tiene que hacer frente directo a los problemas subyacentes, reconociendo que estos crímenes son apenas un síntoma de un problema mayor.
Es difícil hablar de feminicidios sin ver a profundidad la tasa de embarazos de adolescentes, la accesibilidad a medidas anticonceptivas, la actual prohibición absoluta al aborto, y la educación sexual y con perspectiva de género en las escuelas.
El aborto en las tres causales es fundamental en esto, con la adición expresa de que por «violación» también se incluye el «abuso sexual» en la forma definida por el Código para la Protección de Niños, Niñas y Adolescentes. A esto se le debe agregar un cambio en política criminal donde se priorice la persecución de ese delito y dónde se elimine el uso de la emancipación a razón del matrimonio como mitigante.
Pero las medidas reactivas, cómo el aborto y la persecución criminal, necesitan acciones preventivas para ser sostenibles. Por eso el acceso a la educación sexual y a mecanismos anticonceptivos y de planificación familiar son también fundamentales.
Aún dentro del (pobre) estándar latinoamericano la situación de los feminicidios en República Dominicana es sumamente grave, y pretender que lo arreglaremos con medidas tímidas o curitas sobre una hemorragia es sumamente ingenuo. Si como sociedad estamos tan indignados cómo lo pretendemos,
ya es tiempo de actuar conforme a lo que al menos pretendemos vender.

