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Fidel Castro y su historia de amor por la ciudad de Nueva York

Fidel Castro y su historia  de amor por la ciudad  de Nueva York

En una reciente tarde soleada, paseaba por los bloques de la calle 82, cerca de Central Park, en Nueva York, cuando llegué al número 155, una casa victoriana de piedra rojiza con escalones de cemento en la entrada.
No tan diferente de otras 1.000 direcciones en el Upper West Side de Manhattan, pensé, excepto por el hecho de que allí es donde un joven Fidel Castro, por entonces un cubano desconocido de 22 años, graduado en derecho, pasó su luna de miel en 1948.

Castro había sido un líder estudiantil que se hacía escuchar en La Habana, pero nada indicaba en 1948 que pronto encabezaría una revolución en su isla natal y se convertiría en una de las figuras más famosas y divisorias del siglo XX, empujando a Cuba a una contienda de la Guerra Fría con Estados Unidos que todavía persiste.

Era la primera visita de Castro a Estados Unidos y de inmediato se enamoró de Nueva York.

Quedó fascinado por el metro, los rascacielos, el tamaño de los filetes de carne y el hecho de que, pese al furibundo anticomunismo de EE.UU. durante la Guerra Fría, podía encontrar el lamento anticapitalista de Karl Marx, «El capital», en cualquier librería.

Castro y su atractiva primera esposa, Mirta Díaz Balart, de la alta sociedad, se quedaron tres meses en este encantador bloque de apartamentos, que todavía está en pie frente a una iglesia ortodoxa ucraniana y cerca de bares llenos de estudiantes de la Universidad de Columbia.

Poco ha cambiado en esa tranquila cuadra en siete décadas, excepto, por supuesto, el precio del alquiler.

La revolución

Cuando Castro regresó a Manhattan en 1955, siete años después de la romántica estancia, se hizo conocido entre exiliados cubanos como un agitador idealista y algo loco por organizar un levantamiento fallido contra el gobernador de facto de la isla, Fulgencio Batista.

Con 29 años de edad y divorciado de Díaz Balart llegó a Nueva York para recaudar fondos para la revolución entre la comunidad cubana de la ciudad, que en ese entonces era más grande que la de Miami.
Inundado con donaciones, el carismático líder de la resistencia abrió una oficina para su organización rebelde M-26-7 (el Movimiento 26 de julio, llamado así por la fecha de su fallido levantamiento) en una zona de Manhattan que era más conocida como un animado bastión del pensamiento progresista que como enclave exclusivo de liberales acomodados, como se conoce en la actualidad.

Encontré la dirección de la oficina en un viejo panfleto, y seguí entusiasmado los números a lo largo de la avenida Amsterdam hasta la 305.
El edificio era ahora un salón chino de masajes. No importaba. Subí corriendo los escalones y atravesé la puerta, donde la asistente me sonrió con amabilidad
¿Sabía -pregunté casi sin aliento- que allí era donde los partidarios de Castro saludaron alguna vez a neoyorquinos fascinados por su romántico levantamiento? Bajo la ley estadounidense, los rebeldes cubanos podían recibir donaciones en efectivo para la revolución, pero no podían reclutar soldados.

Pese a eso, muchos estudiantes de Columbia se presentaron en la puerta para ofrecer sus servicios como guerrilleros, pero solo durante el descanso de verano, insistían. Tenían que estar de regreso para el comienzo de las clases en otoño.
La asistente me sonrió como si estuviera loco y dijo, muy despacio: «No hablo inglés». Un hombre chino mayor salió de una cabina de masajes. «Cállese», siseó. «Está molestando a los clientes. ¿Quiere un masaje o qué?».
Corto romance
El romance de Nueva York con Castro no duró, al menos no entre los residentes blancos de clase media.
Cuando Castro regresó para dirigirse a la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre de 1960, la amarga división entre Cuba y Estados Unidos, que empezó por las políticas económicas de Castro, ya estaba en camino, conforme Castro se hacía más radical y Washington más vengativo.

El mes siguiente, el presidente de EE.UU. Dwight Eisenhower emitió lo que se convertiría en el embargo económico más largo de la historia y ya había empezado a autorizar el primero de varios intentos infructuosos de la CIA (la Agencia de Inteligencia de EE.UU.) para asesinar a Castro y derrocar a su régimen.
Castro ante la ONU
Cuando Castro llegó para hablar ante Naciones Unidas, la prensa de Nueva York se mofó de él como «El beardo» (una burla que hacía un juego de palabras entre el inglés y el español en alusión al adjetivo de barbudo). Y solo un año después de haber sido acogido por un océano de admiradores en Manhattan, ahora era abucheado por peatones indignados mientras iba en el auto.

El discurso de Fidel Castro de 1960 en Naciones Unidas todavía tiene el récord de duración. Fueron casi 4 horas y 29 minutos de constante denuncia del imperialismo.

A partir de ahí, las relaciones con Estados Unidos cayeron precipitadamente.

La invasión de Bahía Cochinos respaldada por la CIA al año siguiente marcó una ruptura definitiva, y Castro unió su suerte a la Unión Soviética y al modelo socialista.

Después de una discusión con el personal de su hotel, Castro amenazó con acampar en Central Park antes de trasladar a todo su séquito a Harlem, que desde hacía tiempo se consideraba la capital del Estados Unidos negro.

Fue el primer líder extranjero en alojarse en el vecindario, y muchos afroestadounidenses, que admiraban que hubiera declarado el fin de la discriminación racial en Cuba poco después de asumir el poder, lo recibieron con los brazos abiertos.

 

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El Nacional

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