¿Qué Pasa?

Flores de mayo, el primer aguacero, el mango banilejo

Flores de mayo, el primer aguacero, el mango banilejo

La celebración floral de mayo. Las muchachas con rosas amarillas y rojas, en sus manos delicadas, alhelíes delirantes y lirios de ensueño sobre el pelo.Prodigio de la imaginación, de la cultura nacional, no del vago tiempo que no sabe lo que arrastra el corazón en su destierro, el baño con la primera agua del primer aguacero.

 Los cantos a la  madre primavera, las fuerzas vertiginosas de la ley natural, siempre igual y siempre renovando sus asombrosos diseños.

La tradición que descansa todo un año renaciendo después en la copla rural, en los desamparados crisantemos, en los gladiolos que lleva la señora en un burrito resignado, de color “berrendo.”

 El correr de los jóvenes por las calles en medio del tronar de la tarde sin dueño.Los caminos resecos o poblados de un lodo del color de la centella encaramada entre los fuegos de artificio de la cordillera que gime con el torrente.  Los versos rimados a una virgen celeste que reclama ser honrada con los frescos regalos del  momento.

El mes de la madre, esa fuerza extraordinaria que lleva el amor hasta los límites últimos de la entrega.

La presencia visible de una legión de otras vírgenes que ríen y que gestan un entendimiento con el porvenir. Porvenir que viene girando entre las azucenas, los colibríes y las amapolas, para la ocasión enrojecidas, con el color del delirio. El mango que espera caer convertido en manjar de una intolerable lozanía y una edulcorante vestidura verde y el corazón amarillo. 

 El sano compartir de los camaradas de maroteo llevados al monte por el hambre de frutas silvestres y la aventura de trotar en los terrenos del riesgo.

El café de pilón hirviendo detrás de los arrozales que mece una brisa tibia y que va de lo sublime a lo insolente. Las corrientes desbordadas (el río es una criatura extraordinaria que nace, crece y muere, sucesivamente y en diferentes momentos que parecen iguales). El ordeñado de las vacas de madrugada en franca disputa con un becerro rebelde que reclama su derecho al  primer alimento de la mañana. El apacible monte cubierto de una capa verde que invade todo lo que  cabe en el horizonte sin horizonte. El cafetal florecido al que le hacen sombra generosas otros árboles gigantescos para que el rigor del día no esterilice un proceso de la magia del tiempo.

El yínyere que te venden ahí  arriba, cultivado en las ocultas colinas que el temblor de la cordillera  divide y estremece. Los aromales cuyas hojas se comen las vacas de modales apacibles.

La pulpería rural que te vende la galleta mocana cuando decir Moca es invocar un pueblo tan callado como peligroso para los déspotas que se pasan de contentos. La clara neblina que sucede al torrente que arrastra piedras inmensas río abajo tras el diluvio de cuatro horas con que se cierra el cielo. La pureza del sueño en que aterriza el dolor del mundo.

 La idea, ingenua y admirable, de que todo es completamente perfecto, inalterable, sobrecogedor, libre de desasosiego hasta que algo, lo que sea, sucede: creciste, llegaste a la ardua y difícil condición de adulto. Puede haber cambios espectaculares y puede que se mantenga lo que aparenta estático como si la evolución se hubiera detenido en algún momento del cielo.

El Nacional

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