Emmanuel Macron, presidente de Francia, ha seducido algunas de las mentes más lúcidas del pensamiento contemporáneo. En un tiempo en el que proliferan populistas, él prefiere reivindicar los ideales más nobles que forjaron el proyecto común europeo y representa una alternativa de tono épico a los gobernantes que sólo saben expresarse en lenguaje tecnocrático.
Pero, como diría E. Carrère, no queda del todo claro si es un “milagro político o un espejismo que se desvanece”.
La semana pasada recorrió las “cicatrices” de la I Guerra Mundial (IGM) para conmemorar los cien años del armisticio firmado en el frente occidental (11 de noviembre de 1918). Una contienda bélica que movilizó 65 millones de soldados y que tuvo como resultado, la disolución de imperios, heridas no curadas y 20 millones de muertos.
Para celebrar la efeméride, Macron cumplió con los requisitos que impone la memoria patriótica y a la vez desarrolló una brillante estrategia diplomática refrendada por la presencia en París de más de 70 Jefes de Estado y de Gobierno.
Dos imágenes tuvieron especial impacto:
1). El encuentro con Angela Merkel en Compiègne, localidad en la que se puso fin a la IGM y desde la que transmitieron la fortaleza del eje franco-alemán.
2). La visita junto a Theresa Mayal Memorial de Thiepval que alberga las tumbas de miles de soldados provenientes del Reino Unido y de otras zonas de la Commonwealth (representó un paréntesis en la negociación del Brexit).
Se detuvo en necrópolis, anduvo por ciudades cuyos nombres evocan crueles enfrentamiento se incluso, asistió a un concierto en el que convivían partituras de Debuss y con sinfonías de Beethoven. Un recorrido intenso y emotivo por las entrañas de un acontecimiento del que apenas queda testimonio vivo.
También transitó por espacios ajenos al conflicto como centros sociales, empresas o prefecturas. En los que proyectó su mensaje actual y de remembranza. Realizó un despliegue abrumador de simbología al servicio de varias causas.
En sus orígenes, la cartografía de la destrucción sirvió para dar cuenta de la devastación que asoló Europa y petrificó rencores u odios. Ahora, los mapas del daño, contribuyeron a dar una escala aproximada de la barbarie y a renovar la vigencia del imperativo: “nunca más”.
El peregrinaje institucional con voluntad de escucha, fue un modo de perseverar en la convicción de que existen relatos que nunca pudieron ser contados. Fracasos en el intercambio de experiencias que refuerzan el deber de la memoria.
Supo rendir el homenaje pendiente a los africanos que lucharon en Europa e inauguró junto al presidente de Malí, Ibrahim Boubacar Keïta, un conjunto escultórico en Reims en su recuerdo. A partir de las polémicas suscitadas en Francia, otros países como Senegal reflexionaron sobre el sentido de la sangre derramada en la “metrópoli”.
Las intervenciones de Macron tuvieron intencionalidades claras, pero no siempre fueron exitosas.
Por ejemplo, incorporó al panteón nacional a un escritor cuya obra refleja las experiencias de la guerra: Maurice Genevoix (decisión que motivó amplios consensos).
Sin embargo, sostuvo que el Mariscal Pétain fue un “gran soldado” en la IGM a pesar de que después fuese una pieza indispensable del régimen de Vichy (tentativa malograda para pensar en las implicaciones de la “verdad histórica”).
Los detractores de Macron con perfil conservador insistieron en que los actos programados extendieron una conciencia de culpa. El trasfondo de la crítica era establecer paralelismos con Charles de Gaulle, comparaciones con medio siglo de distancia, pero de profundas resonancias para la derecha francesa.
Desde posiciones de izquierda se censuró que no fuese taxativo en la condena a los traidores a la República o que reabriese debates sobre la lealtad primigenia de los que más tarde serían colaboracionistas del nazismo.
El itinerario de Macron por la geografía de la IGM nos deja una serie de reflexiones:
1). En los procesos de institucionalización del recuerdo hay margen para la insatisfacción o la desconfianza. Una consideración que en su otra vertiente permite afirmar que los usos del pasado no siempre fueron ejemplares.
2). Narrar la dimensión de la tragedia obliga a recorrer los lugares del daño. Debemos considerar el patrimonio cultural e histórico como espacios privilegiados de refugio para la memoria colectiva (una tesis que expuso Pierre Nora en los años 80).
3). En los sistemas democráticos la memoria oficial es parte de la argamasa que afianza la convivencia. Por ello, es relevante que sea sometida al escrutinio de los investigadores, al debate público y que las élites políticas se involucren en la discusión.
4). Considerar las implicaciones del aspecto “multidireccional” de la memoria (término acuñado por Michael Rothberg). Me refiero a la complejidad generada por la convergencia de pasados que no siempre tienen vocación de ser reconciliados. Macron evitó gestos que ofendiesen los sentimientos de los viejos enemigos que hoy son aliados e intentó dar cabida a las memorias provenientes de las antiguas colonias.
5). Resulta fundamental que los jóvenes reciban el “testigo” del recuerdo que revela la contingencia de los logros políticos o sociales.
En su último discurso, Macron formuló la promesa de defender la paz. Ensalzó la grandeza de los combatientes y agradeció el valor de los que lucharon por Francia cuando esta representaba todo lo que había de hermoso en el mundo.
Se negó a realizar un desfile militar para evitar la imposición de la retórica vencedores/vencidos. Correspondía dar cuenta del sacrificio colectivo sin desatar las pasiones nacionales y se logró realizar un ejercicio conmovedor de memoria cosmopolita.
(El autor es doctor en humanidades por la Universidad Carlos III, de Madrid).

