Créase o no, hay gente que confiesa crímenes por los siguientes motivos: a) porque les pagaron bien para ello. Además, al tratarse de delincuentes más o menos señalados ya para cualquier intercambio ocasional de disparos, se sienten mejor en una cárcel que en la calle, b) su mentalidad se sostiene en una patología mórbida que los impulsa a procurar una que otra emoción fuerte, c) sienten que deben defender, confesando un crimen ajeno, a un hijo o a alguien a quien aman.
Otros, conociendo que no hay ley perfecta, se especializan en el incidentalismo, que es como decir en recrear y reducir a la obediencia las imperfecciones de la ley, que ata a la Justicia y en ocasiones le obliga a abjurar de su esencia y de su conciencia.
Una justificación de esa realidad se condensa en la frase: quien hizo la ley, hizo la trampa.
Esa falacia incomensurable, la íntima convicción del juez, que sirvió maravillosamente al estamento político para justificar injustas prisiones, falseamiento de expedientes, manipulación de datos y de magistrados, ha sido relegada por el trabajo razonable de la ciencia.
Uno de los casos incidentales más patéticos y extraños de los que puede convertirse en escenario un tribunal es el de la confesión de un crimen por una persona que todo el mundo sabe no lo cometió.
Más de una criatura ha recurrido al incómodo papel de actor ficticio e inocente.
De los errores judiciales, de los que no están exentos ni siquiera los más depurados sistemas del planeta, se ocupan muy pocos especialistas dominicanos.
Hay ahí, en esa selva inesperada y misteriosa, un cosmos tan diverso como heterogéneo cuyas luces debe salvar la buena conciencia del juez y la experiencia, si la tuvieran, de los jurisconsultos.
Hay quienes son delincuentes pero no del crimen que se autoimputan y por el que previamente han cobrado por una confesión mendaz.
Otros quieren salvar a un amigo entrañable.
Se atribuye a Francisco del Rosario Sánchez haberse echado encima la responsabilidad -que no era suya, evidentemente, sino de Duarte- del movimiento revolucionario emprendido en la formación de La Trinitaria para constituir la República.
Aquellos a los que llamó orcopolitas, réprobos y traidores, finalmente se salieron con las suyas… hasta el día de hoy.
Hay gente débil mental que jura haber asesinado, robado y cometido estragos que sólo una persona en su misma condición le creería.
Pero también hay sanos de juicio que, acuciados por la debilidad e indefensión de sus defendidos, en un supremo esfuerzo de abnegación, prefieren echarse la cruz a cuestas.
De unos y otros y más están las cárceles mancilladas.
El error no es la regla, sino la excepción.
Pero hay un principio de justicia que sostiene: es preferible descargar a un culpable que encarcelar a un inocente.
Por cierto, que la Policía casi siempre incurre en retomar en sus manos la libertad de arrestar por sospechas y de pelar al rape a detenidos sin que esa conducta la establezcan o respalden la Constitución o las leyes, sino que las prohíben.
En cambio, otros celos por la aplicación de la ley como la denunciada venta de pornografía por niños en las calles de Santiago, no le merecen ninguna iniciativa.
Quienes idealizan a los desarrollados europeos como cuasi perfectos debieran saber que una linda mujer francesa llamada Teresa Humbert logró estafar con mil millones de francos a banqueros, comerciantes, clientes en general con la fábula de una fortuna que supuestamente había heredado.
El montaje corrió a la perfección justo hasta el momento en que las piezas de su reposición constante ya no encajaban en una lógica inteligente.
Todos los estafados eran gentes sensatas desde aquél 7 de septiembre de 1877 en que murió un estadounidense llamado Henry Roberto Crowfort, que dejó una supuesta fortuna de 50 mil millones de francos a favor de la heredera, la gran Teresa.
Todo Paris rio al saber que toda aquella historia fue un invento de la dama para sacar el mejor de los provechos.
Pero eso no es nada si se tiene en consideración que la Torre Eiffel ha sido vendida incontables veces por estafadores a gente que la ha adquirido de buena fe, con papeles, con documentos de apariencia legal y erogando por ello sumas elevadas de dinero.
Los falsos testigos
En el país había oficinas de abogados que disponían de personal, debidamente entrenado, para atestiguar en favor de clientes que ellos representaban en los tribunales. En casi todos los casos, no había relación entre los acusados y testigos, aunque el entrenamiento era tal que ante los magistrados, los testigos hacían revelaciones hasta de situaciones íntimas del acusado.

