Mucha gente parece haber descubierto a Guatemala a raíz del asesinato de Facundo Cabral. Por todas partes abundan las expresiones de dolor, horror, e incredulidad, aunque, si de algo ha servido la muerte de este excepcional cantautor, monumento a la capacidad del ser humano de reinventarse y sobrevivir, y seguir dando y amando, es precisamente por poner una vez más en el mapa a uno de los países mas trágicos del continente.
Y, flotando entre nubes de ceniza y hedor de cadáveres, surge con más fuerza la figura de Jacobo Árbenz, presidente liberal de Guatemala, cuyas coincidencias ideológicas con Juan Bosch son increíbles. Durante su gobierno, Árbenz formuló e implementó la Nueva Carta Magna de 1944, sustituyendo la que estaba vigente desde 1879, otorgándole autonomía a los municipios; distribuyendo la tierra de cultivo entre el campesinado, mediante la Ley de Reforma Agraria; dotó al país de una moderna y funcional red de comunicaciones, y ejerció presiones sobre las multinacionales para incrementar los ingresos del fisco, sobre todo contra la United Fruit Company, la IRCA y la Bond Share, manejadas por importantes personajes norteamericanos.
Como a Don Juan, la CIA lo derrocó en junio del 1954, utilizando para ello al coronel Carlos Castillo Armas, egresado de la base militar de Fort Leavenworth, en Kansas, quien ya antes había derrocado al presidente Jorge Ubico, y había intentado derrocar al Dr. Juan José García Arévalo, ambos por sus políticas liberales. En el 54 invadió a Guatemala desde Honduras, con el apoyo de la aviación norteamericana y la CIA, y derrocó a Árbenz.
El resultado fue una guerra civil de 36 años, y la siguiente contabilidad del terror: 100,000 muertos; 40,000 desaparecidos; 50,000 refugiados; un millón desplazados; 23,000 ejecuciones arbitrarias; 600 matanzas colectivas; 450 aldeas arrasadas; 200,000 huérfanos; 40,000 viudas; y 6,000 desaparecidos.
El 93% de los asesinatos fueron cometidos por el Estado, 83% por el ejército y el resto por escuadrones de la muerte, dirigidos por la seguridad militar, fundamentalmente contra la población mayoritaria, un 83% de mayas. Mientras el Ejército practicaba su política de tierra arrasada en el campo, la Policía implementaba la guerra sucia en las ciudades.
¿Cual es la lección? Que por impedir un proceso de reforma, con el golpe a Árbenz, y en nuestro caso a Bosch, se crearon las condiciones para la entrada del narcotráfico y la formación de bandas juveniles, porque ¡para colmo!, entre los deportados de Norteamérica a Centroamérica había docenas de jefes de gangas de las urbes norteamericanas.
Facundo es la última víctima de este genocidio, y no me sorprendería confirmar que sus asesinos son muchachos, hijos de la desesperanza, del abuso personal y colectivo, y de la deshumanización más brutal, esa que leemos cada día en nuestros diarios.

