Quien no gobierna con una visión clara de la historia se encamina al yerro y el posible fracaso. Quien no entiende con alguna soltura el carácter de los procesos políticos de su país y del mundo, se hace reo de los errores que cometa en el poder, si lo tiene.
El cantante popular llamado Michel Martelly es perdonable por este tipo de lapsus, pero no el gobernante Martelly. Un país que debió esperar 200 infinitos años para ver desaparecer, por obra de una potencia extranjera, un ejército altamente corrompido, que controlaba una buena parte de la economía contrabandista y burocrática de Haití no va a verse agraciado por restablecerlo.
Un ejército que dominó de manera sangrienta, masacres y gobiernos tiránicos incluidos, un trayecto importante de la historia y la vida haitiana, no ha de ser bien recordado por las generaciones contemporáneas ni del porvenir.
El absurdo de querer volver sobre los pasos andados en medio del desastre del que ya es en parte culpable el desmembrado ejército, no es sólo sorprendente sino sobrecogedor. Muchos en el mundo sintieron estupor y escalofríos ante el insólito anuncio de Martelly, reiterado después como un gran logro del futuro inmediato. Pero se abstuvieron de comentar, salvo Costa Rica que para su fortuna no lo tiene, basándose en la idea de soberanía y de un libre albedrío político que está por verse en Haití.
Haití es, en lo formal, soberano, no hay dudas, pero no está, como no se encuentra ninguna nación hoy día, libre de ataduras coyunturales internacionales, sobre todo porque su vocación para el desastre es permanente.
Estuvo injustamente aislado por centurias y si el mundo se despertó para darle colaboración solidaria se debió a que no hay nada más unificador de voluntades que la tragedia.
Más aun a la escala en que ésta ocurrió con un terremoto que devastó el territorio por el que la nación antillana esperará más de una década para levantarse todavía cojeando.
Más atinado hubiera quedado el presidente haitiano si anunciara la constitución de brigadas provisionales de combate a la indigencia y un plan concreto, bien llevado y permanente de alfabetización y reforestación de Haití.
Su anuncio lo muestra, en cambio, desvinculado de la íntima realidad haitiana, perforada por una crisis que no da tregua en su marcada y peligrosa gravedad.
No aprovechar el hito histórico que significa carecer de un ejército con todos los peligros que conlleva una nueva fuerza represiva, ¿para pelear contra quién?, en una nación en la que no han desaparecido los factores de movilización popular y de profunda inquietud social es de una miopía sorprendente.
Hay razones suficientes para dudar de la eficacia mínima siquiera de un ejército, que va a consumir crecientemente partes del magro presupuesto nacional en las condiciones en que se desenvuelve Haití, un país atado al caos, a una atmósfera social intempestiva, a la desesperación de millones de personas sin empleo y sin las condiciones mínimas para asegurar y prolongar la vida.
Sería un ejercicio de prejuicio y de precipitación innecesario decidir que una nueva versión de la institución castrense va a ser igual o parecida a aquella demolida en los años noventa, bajo la administración del señor Bill Clinton, con decisiva influencia asesora del señor Jimmy Carter.
Pero es ingenuo creer que en vista de que Haití sigue siendo Haití, y esto no está animado de un sentimiento prejuiciado, dable es aclararlo. Con el tiempo ese ejército, imaginado y propuesto sin la suficiente meditación, no va a terminar influyendo en la vida haitiana de una u otra manera.
UN APUNTE
Inversión
y reconstrucción
Los críticos sostienen que más que un ejército para la represión política, Haití necesita de inversiones para generación de empleos y desarrollo.
PIE DE FOTO22
Las protestas sociales por mejorías en el sistema de derechos y en las condiciones de vida de la población, son permanentes en Puerto Príncipe y otras ciudades haitianas, que no ven avances en la reconstrucción.
Michel Martelly, presidente de Haití, escogido luego de unos comicios muy cuestionados.
