Héctor Báez tuvo una carrera en el baloncesto tan alta como su estatura de 6-6 y de tanto peso como el suyo que en sus mejores años rebasó las 200 libras. El dominicano que a los 58 años cumplió su recorrido terrenal, no necesitó llegar a seis décadas para convertirse en uno de los más grandes hombres de baloncesto de República Dominicana. Báez, probablemente, no fue valorado en su justa dimensión y es ahora cuando al llegar a la suprema igualdad el juicio postrero lo encumbrará a un sitial cimero.
Exitoso como jugador, coach y gerente, Báez llegó a Santo Domingo desde su natal La Romana para accionar con el club más emblemático en el ambiente del aro y el balón en el país, San Lázaro. Con la tropa de Jobo Bonito participó y fue miembro titular del quinteto que conquistó el primer torneo superior celebrado en el Palacio de los Deportes (1974) y dos años después (1976) junto a Hugo Cabrera, Manolo Prince, Pepe Rozón, entre otros, formó parte de una maquinaria invencible, misma que barrió a Naco en la final con el inmortal Faisal Abel conduciendo las tropas y el pequeño armador dirigiendo el más formidable ataque rápido que ha conocido el baloncesto de la capital.
Tanto el inmenso Cabrera, como el caballo Rozón y más recientemente Prince pertenecen al templo de los inmortales.
En 1977, Báez integró el primer escuadrón de basket criollo que besó el oro en una justa regional. En el certamen, el Toro, apodado baloncestístico, pues en su pueblo era Borola, fue una figura importante saliendo de la banca en el grupo de los “12 Magníficos” en que también estuvieron sus compañeros lazareños (Hugo, Pepe y Manolito) y los inmortales Eduardo Gómez, Franchy Prats, Vinicio Muñoz, Evaristo Pérez, Iván Mieses, Antonio -Chicho- Sibilio (aunque no jugó), además Víctor Chacón y Alejandro Tejeda.
Cursó estudios y jugó en la universidad de Forham, donde también adquirió conocimientos técnicos del deporte de Naismith que le permitirían en el futuro extender su tránsito por la disciplina a la que dedicó casi toda su vida.
El Toro accionó con San Carlos a finales de los 80 y allí estuvo con dos equipos campeones (1988 y 1989) junto a Evaristo Pérez y otras luminarias de la segunda dinastía verde-amarilla que para entonces dirigía Sergio Abreu.
El final de su trayecto como jugador cuando mediaba los 30 años sirvió de palanca para que Baéz abrazara una segunda carrera esta vez como técnico con la selección nacional en el torneo de Las Américas o Premundial llevado a cabo en Puerto Rico (1993), evento en el que debutó con el equipo tricolor Luis Felipe López.
Baéz condujo al título superior del Distrito Nacional a San Lázaro en las estaciones de 1995 y 1996, años después (1999) dirigió a los Mets de Mauricio Báez y azotó a todo el que se le puso por delante en la justa nacional de ese año.
Como hombre de baloncesto, Báez intentó asumir las riendas de la Federación Dominicana de Baloncesto, pero falló en el intento de desplazar a Julio Subero y por eso el país no conoció de sus planes en esa elevada instancia, pero eso no fue óbice para que siguiera aportando en otra área, a pesar de que una temible enfermedad, que en una larga batalla al final se impuso, ya había penetrado en su anatomía.
En el 2003, con Báez como timonel, el país fue testigo de la más importante medalla basketbolística obtenida por los dominicanos en un evento superior cuando el quinteto nacional en un Virgilio Travieso Soto, rebosado de público, derrotó a Puerto Rico y avanzó al partido por la medalla de oro contra Brasil. República Dominicana perdió ante los sudamericanos, pero ya el trabajo estaba hecho y el néctar sorbido en la noche histórica nos colocó en un sitial preferencial en el mapa continental, pues dejamos atrás la soberbia boricua y también a Estados Unidos y Argentina, modelos en el baloncesto del mundo. Fue una noche de orgullo indescriptible en la que el nativo de La Romana, el gerente general Junior Brea y el presidente de Fedombal, Frank Herasme se llevaron los más elevados elogios.
Héctor también obtuvo medalla de plata en el Centrobasket del 2003 en Culiacán, México, pero su última gran hazaña la dejó para la tierra que le vio nacer desempeñando el rol de gerente general de los Cañeros de La Romana.
Tomó un equipo que ocupó la última posición (3-17 un año después de ganar la corona) en el 2011 y una de sus primeras decisiones fue cambiar a los ídolos locales Reggie Charles, Andy Williams, Ramón Ruiz y los hermanos Alexis y Juan Pablo Montás. Las críticas de los medios romanenses y de los fanáticos no se hicieron esperar, algunos pidieron la cabeza del muchacho que se inició con el tradicional club Virgilio Castillo (Chola).
El Toro se salió con las suyas, pues La Romana conquistó su segundo torneo en la LNB con el antiguo NBA, Phil Hubbard, como entrenador titular y Báez siempre en la banca en los roles de asistente y gerente general. Probablemente fue su mayor triunfo porque dio el campeonato a su pueblo y por el esfuerzo que significó deshacer un equipo que dos años antes se había coronado y reconstruirlo de nuevo.
Como jugador, Borola comenzó como un centro y se trasladó al juego exterior con tiros de larga distancia antes de la existencia del arco de los tres puntos y de extra larga distancia después de la aceptación de la línea en el basket internacional en 1986. No fue un ejemplo de disciplina en la duela, pues en ocasiones violentaba los esquemas con sus lances de muy lejos, pero como entrenador fue extremadamente disciplinado y es reconocido por muchos jugadores y algunos de sus colegas como uno de los más sapientes en esa faceta.
Compañeros, que también fueron rivales, así como los que dirigió en el rectángulo de madera, reconocieron sus virtudes y entrega al deporte al que le dio todo, al que amó.
Y es, señores, que Héctor Báez se despidió el 22 de febrero del 2014 como el más grande hombre del baloncesto dominicano en los tiempos modernos, pero no fue inmortalizado en vida.
Hasta luego, amigo.

