El tema de los debates entre candidatos a cargos electivos resurge en cada campaña electoral. Provoca entre los aspirantes las mismas reacciones, en las que cada cual acepta o se niega a participar en función de conveniencias particulares que no consideran la trascendencia en sí misma de esa herramienta y su importancia para fortalecer el sistema democrático.
Esta ocasión no ha sido la excepción. Como viene ocurriendo hace mucho, ANJE invitó a debatir, por cierto de forma discriminatoria, a los candidatos con mayor fortaleza y, una vez más, el evento no pudo ser celebrado.
Pese a la manipulación que voces interesadas quisieron hacer de las razones de la suspensión, lo cierto es que su causa fue la negativa del candidato del PLD. Su excusa resultó risible porque nada en su agenda podía tener mayor connotación que participar en ese debate.
¿Quería el PLD que Luis Abinader cayera en la trampa evidente de ponerse a debatir exclusivamente con Leonel Fernández, entregándole a título gratuito a su adversario peledeísta el beneficio político que tal infantilidad le hubiese proporcionado? El candidato del PRM actuó de forma correcta: Eludió la encerrona y propició que quedara evidenciado que su rival huía del debate.
Disiento de quienes afirman que la no realización de debates despoja a los electores la oportunidad de conocer los planes de los candidatos. Eso es falso. De hecho, es fácil, como ha sucedido, comparecer a foros públicos o privados a leer lo que otros escriben.
Los programas de gobierno elaborados por técnicos de cada propuesta han estado disponibles para quienes han querido conocerlo. Que eso interese a pocos es harina de otro costal.
¿Cuál es el detalle que ofrecen los debates que los hacen atractivos para los electores? Precisamente lo contrario de leer textos fríos redactados por expertos. Los primeros, permiten evaluar al candidato en toda su desnudez conceptual o en su robustez argumentativa, características decisivas para la determinación de si alguien tiene o no aptitud para ocupar un puesto de elevada responsabilidad.
En ese escenario, el candidato está compelido a recurrir con exclusividad a su propio inventario de recursos, sin los auxilios de quienes suplen sus deficiencias.
Si se acepta como cierto lo que afirmo, y se recuerda la incuestionable pobreza formativa y expositiva de Gonzalo Castillo, será simple conocer los motivos poderosos que decretaron que huyera del espacio donde tanto tenía que perder. Aunque los votantes tuviéramos tanto que ganar.
POR: Pedro P. Yermenos Forastieri
pyermenos@yermenos-sanchez.com

