Las perspectivas no eran muy promisorias con todo y el crecimiento de una economía que se ha presentado como envidiable para la región. Ahora, con el impacto del coronavirus, el panorama resulta mucho más incierto.
Solo las medidas que se han adoptado para enfrentar una enfermedad que se ha propagado a una velocidad vertiginosa han evidenciado la vulnerabilidad de un sistema colmado de chiriperos, venduteros y trabajadores informales que han quedado virtualmente desamparados. Pero la situación de esas personas no es más que la primera fase del drama a que se aboca la nación hasta la extinción del virus. Las secuelas en todos los aspectos son impredecibles.
Durante mucho tiempo no se podrá pensar en el turismo, que ha devenido en la espina dorsal de la economía. Además de las divisas que dejarán de entrar, la crisis se agrava con las muchas personas que perderán su empleo y la caída de los productos que se adquieren en el mercado interno. Lo más probable es que el cierre de hoteles por la baja afluencia de turistas se prolongue por mucho tiempo. Entre los países más golpeados por el nefasto virus figuran Italia, España, Estados Unidos, Canadá y Alemania, que son los principales emisores de visitantes a las hermosas playas de este territorio.
Con los estragos de la enfermedad también se afecta otro componente importante de la economía: las remesas. Por efecto de la cuarentena y de la caída de la demanda miles de dominicanos se han quedado sin empleo, y, por ende, no podrán enviar dinero a sus familiares.
Sin turismo ni remesas y con el subempleo paralizado tanto el presente como el futuro inmediato configuran un panorama escalofriante. Y, antes que flexibilizar las medidas que se han adoptado, lo más probable es que el Gobierno pueda verse precisado a endurecerlas para combatir un virus que en número de casos ya tiene a este país entre los líderes de la región.
El Banco Central, el Reservas y la Dirección General de Impuestos Internos (DGII) han decidido con prontitud oportunos estímulos a la producción, el comercio y el consumo, pero dada la magnitud de la crisis, y sobre todo con unas elecciones en un par de meses, las medidas pueden ser pasajeras. Las votaciones no fueran nada de no ser por los excesivos gastos en que se incurre.
Con en el peso de una deuda de más del 50% del PIB (Producto Interno Bruto), que no se puede relegar cuando la única manera de enfrentarla ha sido con más endeudamiento, no hay que ser ningún experto ni hacer mayores ejercicios para saber que las perspectivas económicas y sociales son más que brumosas. Y ahora si no vale proclamar que el último que salga del país que apague la luz, porque tampoco hay para dónde ir.

