Danilo Cruz Pichardo
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El derecho a la vida es inviolable desde la concepción hasta la muerte. No podrá establecerse, pronunciarse ni aplicarse, en ningún caso, la pena de muerte”, reza textualmente el Art. 37 de la Constitución de la República.
La prohibición del aborto –incluyendo el terapéutico, que es un tema científico y no religioso— está sometida a un candado muy fuerte, porque no basta con incluirlo en el nuevo Código Penal mientras se mantenga en la Constitución, que es la ley de leyes, la ley suprema. En consecuencia, cualquier normativa que abra una brecha a las tres causales, se expone a ser declarada ilegal por el Tribunal Constitucional.
El temor a las iglesias, sobre todo a la católica, por parte de las cúpulas de los tres grandes partidos, les impide incluir al aborto terapéutico en el Código Penal, conscientes inclusive de la pobre posibilidad de prosperar, por contrariar a la carta magna.
Para permitir que las mujeres puedan deshacerse de un embarazo no deseado (producto de una violación sexual, incesto y/o peligro de muerte por razones de salud o deformidad del feto) habría que excluir el citado texto de la Constitución de la República, lo que requiere de otra reforma.
No se descarta que la Constitución sea reformada, como se hace caprichosamente cada cierto tiempo, pero es de dudar que se elimine el veto al aborto terapéutico, un aspecto que nos coloca entre los países más atrasados del universo.
Muchos de los que defienden el cacareado “derecho a la vida” son de doble moral. “La humanidad tiene una moral doble: una que predica y no practica y otra que practica y no predica”, dijo Bertrand Russell.
Se trata de gente con el poder económico necesario para resolver, practicando un aborto, en caso que una hija o nieta le salga embarazada por violación, incesto o peligro de muerte. Pagan lo que sea en el país, en clínicas privadas, o se van al exterior y resuelven. Resuelven con su dinero.
Lo reprochable es que esas personas contribuyan a condenar a parir a mujeres violadas, episodios que dañan sicológicamente para siempre.

