El Nacional
SANTIAGO: Si existe una estética del arte, a cuyos dominios pertenece la política como oficio inteligente y creativo, existe asimismo una ética del poder.
Si existen los principios en las diferentes formas de filosofía que brinda la vida al ser humano como cuestión exclusiva, éstos no desaparecen ni se detienen en las intrincadas puertas del poder político.
El poder es un magisterio que no prescinde de riesgos ni de excesos ocasionales o sistémicos en la aplicación de su violencia connatural.
Las normas soportables-para evitar riesgosas confrontaciones que pudieran hacer crisis por los subordinados al ejercicio del poder son, (joyas de la corona de la sabiduría en el difícil y apetecido arte de gobernar), el cuidado ético, la convivencia pacífica, la toma de decisiones no precipitadas, el diálogo sincero, el cuidado de artista en la aplicación de medidas que pudieran llamar a confrontación, el valor personal y una ética del mando.
El gobierno ético, que pude ser realizado ciertamente una vez superado el escepticismo que se cifra en el conocimiento de la psicología humana que afecta a la política, procura que los corruptos, que siempre están a la espera de descubrir la suculenta carroña.
De ese modo da un batazo doble, de dos bases, pues frena a los ambiciosos y mantiene la buena imagen del gobierno, si es la intención.
El triple efecto, con empuje de carreras, es posible cuando todo asomo de corrupción es yugulado justo al sacar la cabeza.
El jonrón con las bases llenas lo da el equipo dirigente o bloque de poder cuando transparenta a niveles universales el poder que le ha sido confiado.
Esa última hazaña no es posible sin un convincente, trabajoso, duradero y paciente trabajo reflexivo, con ejemplos, con una discursiva penetrante, sincera y siempre dispuesta a continuar por encima de los obstáculos que se van a presentar.
Mas aún, en países donde el tráfico de influencia es cotidiano, aceptado como si fuese cuestión legítima y como si lo estuviera atado a la corrupción con que se llega y se mantiene a un político a lo mejor corrupto, superficial, mentiroso, en el poder este tipo de tráfico es como pan a la mesa, en familia, en clanes, enclaves y jerarquías de gusto de pronto exquisito y fino.
Un poder desacreditado es un poder que se balancea en la cima frente a un abismo no virtual, capaz de llevárselo al fondo.
De ahí la eticidad, la inflexibilidad ante el despojo de los bienes del Estado por grupos de advenedizos que se clanifican, actúan como asociación de malhechores y si los atrapan ya pueden esperar indultos y consideraciones que no soñaron jamás tomándose en cuenta el atestamento de las cárceles llenas de gente, nunca condenada y con años tras las rejas que incluso robó para comerse un pedazo de vívere o cometió la grave indiscreción de ver de frente a la amante de algún jerarca en el poder sin la debida autorización del jefe.
Sólo por eso, en un país que no ha olvidado a Rafael L. Trujillo llega un ciudadano a pasar hambre por años incluso.
El poder es la herramienta básica especial para desarrollar el futuro cada día del año. Un poder sin principio es una nave cruzando el espacio en medio de una nube de aerolitos.
Es difícil que no choque con uno de ellos.
La ética del poder coloca el caos bajo control, impide la putrefacción de las manzanas sanas, desarrolla instituciones que funcionan atenúa las decepciones que tienen estos pueblos con sus políticos, ofrece una ventana de esperanza, permite que los recursos rindan y que incluso se haga magia con éstos.
La ética parte de la necesidad de hacer madurar un proceso. Una vez maduro, se le recoge y reparte libre de corrupción, se hace honor a los antepasados que lo merecen por su seriedad y se crea un ámbito de sosiego, confiabilidad y buen nombre del país en el mundo.
De vez en cuando conviene despertar.

