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El afán de los europeos por las especias marcó el inicio del colonialismo, a finales del siglo XV; fue la búsqueda de estas sustancias, sin las que se puede vivir, pero sin las que la comida resulta más aburrida, la que llevó a los españoles, ingleses y holandeses a sus aventuras coloniales.
En el renacimiento, para los europeos las especias equivalían a la clásica trilogía deseada: salud, dinero y amor.
Salud porque la medicina de los países musulmanes, que era la más avanzada del mundo, las usaba: dinero, porque eran caras y su posesión y uso denotaba riqueza, o sea, poder y amor. Los musulmanes incluían muchas especias en su dieta y cumplían con un harén de muchas mujeres.
El comercio de especias es muy antiguo, anterior a esa época; pero es que en el siglo XV se cerró el camino terrestre a los mercados asiáticos de las especias, tras la ocupación de Bizancio y el antiguo Imperio Romano de Oriente por los turcos, otomanos, que se negaron el paso a los cristianos no solo por razones religiosas, sino, sobre todo, para lucrarse de la exclusiva de dicho comercio.
La sed de especias del europeo del XV y XVI no era, ni mucho menos, una sed que afectase a toda la población: para usar especias con prodigalidad había que tener dinero.
Las clases populares, por imitación de los poderosos, querían también emplearlas en su cocina; y había algunas especias asequibles, otras carísimas y otras, para que nos vamos a engañar, más usadas en la farmacopea (y en filtros de amor) que en la cocina.
Naturalmente, los moralistas ponían el grito en el cielo ante el gasto que representaba la importación de especias.
Por. Juan B. Nina juanbnina@gmail.com

