Quienes padecen intolerancia a la lactosa lo comprenden. Sus efectos son similares. Como el cuerpo humano reacciona al ingerir leche, se tornan algunas personas e instituciones cuando son destinatarios de comentarios críticos. Se descomponen, se irritan y desean hacer desaparecer del universo al autor de la afrenta. Como si aniquilado el mensajero, quedara borrado el mensaje.
Son los vestigios del oprobio trujillista. La voz del príncipe es un eco de la voz de Dios. Nada más irreverente que suponer que el dictamen divino pueda adolecer de fallas. Sólo está concebido para escucharlo y acatarlo, con devoción incluída por la premisa aceptada de su sabiduría implícita.
Este país está repleto de iluminados. Cada jefatura se ejerce bajo los mismos parámetros. Yo ordeno y usted cumple. El alegato de que las críticas deben vertirse dentro de la casa no es más que pura patraña que pretende simular una institucionalidad inexistente. No es cierto que haya una disposición sincera a escuchar comentarios disidentes y a actuar en consecuencia de probarse su pertinencia. La única respuesta al cuestionamiento es la marginación y la estigma del que osa criticar, no importa la validez de su argumento.
No existe una posición crítica que pueda resistir ni sostenerse ante una explicación contundente que demuestre la improcedencia de la objeción. De esa forma, al cuestionado se le presenta una oportunidad de oro para demostrar la corrección de sus prácticas y consolidar de esa manera el liderazgo confrontado. Eso supone una mentalidad democrática, abierta, consciente de que el camino más oportuno para concitar respeto es el que se transita con el ejemplo y no con palabras huecas que se imponen con la débil fortaleza de la jerarquía.
Quien apuesta a sus tesis no teme debatirlas. Lo único inaceptable es la canalización inadecuada de las objeciones. Establecida su corrección en fondo y forma, sólo queda rebatirlas con sustentos de tanta envergadura que no dejen dudas de dónde se asienta la verdad. De no emerger posiciones vencedoras, se habrá impuesto la democracia y el debate enriquecedor.
Mutilar esa posibilidad es un reflejo del pavor a que afloren los agujeros putrefactos que nos averguenzan y que, expuestos, delatarían nuestras miserias. Por eso se opta por barrer la basura hacia adentro, bajo el espejismo de que, así guardada, su fetidez no se esparcirá. Falso.

