Opinión

Islario

Islario

Todos los candidatos mantienen una risa de oreja-a-oreja. Usan sus mejores galas para la foto. Visitan el odontólogo para la necesaria  profilaxis. Van al peluquero para el corte urgente “entre serio y juvenil”. Acuden al sastre para la adaptación del closet a las nuevas medidas. Visitan  en puntillas a la boutique de moda para aumentar el viejo caudal de sus despropósitos, y se hacen asistir del más hábil cirujano computarizado, para tener la opción del deleite -si lo precisa la ocasión-, y quedar fresquecitos, casi adolescentes, como el chico con acné, travieso por demás,  que en el 2002 no sólo tuvo la osadia de aspirar a la senaduría por el Distrito, sino también la de llevar el nombre Fafa, otrora ícono de la hidalguia en aquel abril inolvidable. ¿Recuerdan el “Fafashop”? Pero bajémosle el volumen al himno heroico de Aníbal De Peña y “volvamos al canto llano”, como pedía Alonso Quijano… ¿Por qué los candidatos viven de risitas?

A cada uno lo  ve usted, en vallas, afiches, vídeos, stickers y cruza-calles; exhibiendo el lado creído y “bueno” de su rostro. Su desconocida mansedumbre y aquiescencia. Su pretendido don de gente y humanidad. Su construido perfil  de ser afable y bondadoso. Su aspecto de dique solidario y familiar. Su gesto modesto, de amable amigo y buen vecino.

Unos aparecen en su casa, rodeados de hijos, suegros y consorte; bajo  una luz que convida al “junte” fraterno, al secreto compartido, o a la, a veces, nada inocente conspiración tertuliante. Otros se nos aparecen de súbito, en medio de los ojos y el semáforo, con gesto de frío abdicante a mitad de los festejos de una revolución inconclusa, con la pretensión de que les acompañemos a un ridículo inevitable.

Son los mismos “señoritos” que se fotografían de pie con la mano derecha izada, como si sostuvieran con dignidad “la enseña tricolor”, la que, por supuesto, desde su ser ausente y desposeído, le sabrá recriminar tanto su desencanto, como su falta de entereza. Son nuestros “abnegados” candidatos. Arquitectos “venerables” de los futuros sinsabores. Renegados de la utopía aún no vencida. Provenidos de todos los colores y rincones. Ellos apuestan al olvido nuevo y a nuestro anciano desenfreno. Saben de nuestra voluble humanidad y de nuestra pobreza moral. Creen en lo insaciable de nuestra ambición y en lo triste y pusilánime de nuestro espíritu. Confunden dominicanidad con imbecilidad, y modales con cobardía. Confían en la desvergüenza de nuestro “dejar hacer”, y se aprovechan de la costumbre de  nuestro apoyo sin condiciones. Por eso duermen como bebitos, y nos cuentan como ovejas en recorrido sin norte. Porque están seguros que votaremos por su  gen obseso, taimado y menesteroso. De ahí su risa: ¡Esa mueca para la que no merecemos ni siquiera una propuesta!

El Nacional

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