Me pongo en las manos del escriba que mora como aprendiz del fuego bajo mi piel, y éste me lee sin quererlo-, las líneas perturbadas de la mano.
Creemos estar solos bajo lo oscuro de la luz, pero no. Nos acompaña un manojo de hojas recién tintadas, pero a veces mudas cuando aún no asoma -decidor-, el rayo del escriba.
No es posible la presencia de los tonos insondables, ni siquiera el olor permeado de los acentos diminutos; si acaso la sombra peligrosa de un escriba en rondas, no amenaza cesante.
A las ocho menos diez, arriba su esqueleto de bruma con su mediana imagen de fantasma; roído y meditabundo. Me enrostra el calibre humano de mi antiguo desvarío, pero en baja voz me hiere de fe.
La literatura es aliento, voz y refugio del que se mira en los ojos de los otros.
Escribir es velar, intuir, murmurar, esperar especular.
Somos presa de lo escrito. Víctimas inocentes de lo leído. Espejos de lo que anhelamos. Reflejos de lo que tememos.
Leer es acudir como espectador a la primera puesta en escena de nuestra propia y trágica dramaturgia.
Escribir es hendir lo leído en el cuerpo del pensamiento y en el espíritu del hombre.
Leer es despertar. Escribir es soñar.
¿Si leer es asir las formas del hombre y el mundo, escribir no será intentar domar las sensaciones del perplejo, agazapadas en nuestra inconsciente clarividencia?.
Se lee lo que a oscuras se padece. Se escribe lo que bajo la claridad se teme.
Ninguna palabra puede permutar lo que el amor reclama como propio. Así como ninguna imagen logra nivelar el mundo más que la sílaba cantora que su ardor potencia.
El mundo sobrevive al hombre, porque de noche se vuelve un festín del olvido.
El espíritu de las ánimas en fuga: el poema. La Poesía: aquella tristeza enclaustrada con el espíritu del hombre, cuyo ilimitado universo confundiera Franklin Mieses Burgos (1907-1976), con el inconmovible y esperanzado recorrido de la sangre. La sangre: Fluidez textual de la melancolía. El hombre: Linaje de la soledad. Corporeidad de la nostalgia.
Pregunté a la noche si era su otro el que me hablaba enfebrecido tras el ayuna cíclica, y contestó con encadenamientos insólitos: ¡Eres tú mismo, cifrado en la penumbra inédita de tu actual intemperie!.

