Por supuesto que a la hora de pensar en dar cuerpo, identidad y fisonomía orgánica a un colectivo de hombres y mujeres, amparados en unos símbolos y emblemas significativos, por su origen noble y sagrado, nuestros Padres Fundadores no imaginaron, que entrada en los fulgores alucinantes del siglo XXI, la forja social resultante de su indiscutible heroísmo e incomparable sacrificio, devendría en caricatura maleable de debilitada idiosincrasia, donde genuflexos, entreguistas y perpetrantes, lograrían siempre salirse con la suya.
Juan Pablo Duarte (1813-1876), tuvo algo más que un proyecto de nación. Su idea de libertad e independencia, provenía de un profundo sentimiento ético y de una permanente y detenida reflexión, en torno a los valores fundamentales que precian a la moral y estructuran el civismo.
Pendía en su idea fundacional, la reposada conformación de ciudadanos íntegros. Capaces de defender hasta con la fuerza de su último suspiro, todo lo que, por su extrema y grande significancia, denotara en su simbología, los tópicos característicos de su lengua y su cultura, proyectándolos como firmes e innegociables referentes.
La raíz del pensamiento independentista de Los Trinitarios, surca el campo minado de la vejación foránea, y se instala decidida-, en el centro neurálgico de un anhelo libertario, que apoyado en la fe y el sentido de la dignidad, nacía enmarcada en un objetivo, que logrado, sería el afortunado encauce de una República Dominicana, cuya identidad y bonhomía, tendría su presente y futuro asegurado.
Pero si Duarte viviera hoy, dudo mucho que se reconociera en el territorio que supo bien llorar, defender, soñar y amar. Aunque quizás, un tanto desconcertado hay que mantener la fe-, insistiría con unos pocos, en el esbozo de nuevos planes, pero esta vez, de necesaria reconversión y urgente refundación.
Su dilema sería estoy casi seguro-, qué o cuál método aplicar, para que sea efectiva e infalible la elección de los novísimos cómplices.
Sería allí, bajo el dilema de su intima y última entrega, donde posiblemente, los dominicanos tendríamos la última oportunidad de ser merecedores de su sangre.

