¿Qué costo tendría en el mercado de pesares, uno de los esclarecedores Microscopio de Orlando Martínez? ¿Una décima denunciante de Juan Antonio Alix o una de las valientes greguerías de Narcisazo González?
La pregunta viene a cuento porque en Santo Domingo, hay tunantes que piensan que todo lo pueden comprar o alquilar, porque, a sigún, todo humano y pensamiento tiene su precio.
Esta creencia se cimenta en la moral de los que alguno tildó como cagatintas. Corsarios de alma y razonamiento asalariados, para los cuales lo decía Juan Bosch-, su acta de nacimiento es facsímil de la nómina pública.
¡No hay tupé! Se rompen el cacómetro pensando con cuáles cifras pueden entrarle a Nuria Piera o a Alicia Ortega. Quisieran encontrar o inventar la moneda que habría de desentrañar los secretos de su fortaleza espiritual y entereza moral, para así develar los entresijos de su acorazada reciedumbre cívica. Pero no hay tu-tía. Su ruindad ética choca con la estirpe sin mácula de unos pocos que asumen la dignidad como su más fiel trinchera. Un campo minado contra viles, desalmados y corruptos, ungidos siempre por la complicidad de sus desmanes y bajas pasiones.
Se preguntan en bares y comederos, ¿cuánto costará un Informe de la Ortega o una Investigación de la Piera?, ¿Cuánto un editorial de Sietedías o la independencia de Ricardo Nieves? ¿Cuánto una opinión de Bolivar Díaz, Patricia Solano, Huchi Lora o Edith Febles? ¿Y con cuál de las monedas se puede tentar la templanza crítica de Lilliam Oviedo, Inés Aizpun o Margarita Cordero?
Pero no han aprendido que cuando es de origen, la objetividad hace acopio de la verdad y el valor, para volverse símbolo y sentido de la probidad y la ética.
Y cuando esto sucede, amigo lector, valen nada las tarjetas de crédito ilimitado, los cheques con altas sumas a terceros, el glamour diplomático, las letras de cambio… ¡Es que la palabra, usada y aprovechada con honor, no respeta torniquete!

