Las violentas protestas derivadas de la muerte del afroamericano George Floyd el 25 de mayo en Mineápolis se han convertido en otra pandemia con un mensaje tan contundente como los efectos del coronavirus para las grandes fortunas. Como es más que sabido Floyd fue asfixiado por un policía blanco que tras apresarlo por pagar con un billete falso de 20 pesos lo colocó boca abajo, lo esposó con los brazos en la espalda y le colocó una rodilla en el cuello.
Bastaron 7 minutos y 46 segundos para que el detenido dejara de respirar. Contra la brutalidad no solo se levantaron los negros, todavía víctimas de discriminación, sino blancos de los más variados estratos sociales.
En las protestas, además de la muerte de Floyd y los abusos contra los negros, se han repudiado símbolos de la esclavitud y el racismo. En Bristol, Inglaterra, se ha derribado y lanzado a un río una estatua de Edward Colston, un comerciante de esclavos del siglo XVII. Gracias al inhumano comercio fue tanto lo que prosperó la ciudad que en 1895 se decidió erigir el monumento en homenaje a Colston.
En lo que constituye un evidente juicio a la Historia, en Londres, manifestantes vandalizaron una estatua de Winston Churchill colocada en una plaza frente al Parlamento. Ese Churchill, a quien por aquí se honra con su apellido una de las principales avenidas, es acusado de racista por sus propios compatriotas.
Si antes no existían razones para la exaltación del célebre exprimer ministro inglés, es obvio que ahora mucho menos. Es curioso que mientras se honra a figuras como Churchill o el colonialista Juan Sánchez Ramírez, verdaderos héroes caribeños que lucharon contra la esclavitud y defendieron la independencia ignorados por prejuicio.
Sánchez Ramírez, a quien se pondera como el “héroe” de la Reconquista o de Palo Hincado da su nombre a una provincia, mientras padres de la patria como Sánchez y Mella honran pequeños municipios. (No sé sin España existe algún monumento o siquiera un rinconcito en homenaje a su antiguo gobernador en esta parte de la isla).
En Estados Unidos, donde hace tiempo que se inició un proceso de revisión de los méritos de figuras cuyos nombres honran espacios públicos, el caso Floyd ha vuelto a fijar la vista en próceres con un pasado oscuro. La estrella del pop Taylor Swift aprovechó para reclamar que se retiren las estatuas en Tennessee dedicadas a líderes durante la guerra de Secesión que también fueron supremacistas blancos y miembros del Ku Klux Klan.
Cita a Edward Carmack y Nathan Bedford Forrest, a quien califica de figuras despreciables, indignas de los reconocimientos. Los acontecimientos son también para reflexionar sobre los homenajes a nacionales y extranjeros en República Dominicana.
Por: Luis Pérez Casanova
l.casanova@elnacional.com.

