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Juventud: divino tesoro

Juventud: divino tesoro

Chiqui Vicioso

Leí con horror el titular del Listín reseñando la “rebeldía” de la juventud en Cristo Rey, frente a las medidas preventivas contra el COVID.

Más que la reseña, la foto en portada de un colectivo de risueños jóvenes en motocicletas, sin mascarilla, transitando por las calles de Cristo Rey, me embargó de pena. Pena porque una vez más la juventud popular tiende a confundir la bravuconería con la libertad personal; la ignorancia y la incultura con la “guapería”.

Toda una maquinaria mediática les ha hecho creer que ser hombres, o mujeres jóvenes, es arriesgar la vida cotidianamente, con un desparpajo que confunden con la osadía.

La música, la moda, el consumo desmesurado, les convencen de que exhibiendo cierto tipo de vestuario (ridículo, como los pantalones a media nalga que les dificultan caminar); los pantalones a media pierna, cuando tienen canillas y esa moda va en su detrimento; o los jeans rotos están “acabando”, como si la cárcel (donde originan), o la extrema pobreza, fueran banderas a ondear en lo que son ya sus pobrísimas existencias.

Es la misma actitud que los lleva a desafiar los sistemas de represión en todas partes, como en Nueva York donde sus tumbas de papel abundan en las aceras de los barrios donde viven los inmigrantes dominicanos. Absurdo ritual, donde los muchachos se emborrachan frente a las fotos de sus amigos caídos (todos menores de 25 años), vociferando su pena, alardeando de una indiferencia que ahogan en alcohol y drogas.

Es un desperdicio de vida Un dejarse victimizar, sin saberlo, porque animalizándoles el sistema imperante los neutraliza, los desorienta, los desvía, y les hace perder su poder como herederos y forjadores del futuro. Como una población (en nuestro caso 60 de cada cien habitantes de la media isla es joven), con la capacidad de cambiar las cosas, de por lo menos aprender y ejercer la palabra dignidad.

Cuando veo el alarde de riqueza y consumo de muchos peloteros, raperos y raperas, músicos, o “megadivas”, sus yipetones, bocinas estridentes, joyas, mansiones, el “champagña”que según el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal “sabe a pipí y la gente bebe por status”, pienso en todo el bien que podría hacer esa juventud en los barrios y campos de los que son originarios. Las canchas de deporte, las piscinas colectivas, los comedores populares.

Desafiar la muerte, andando en motocicleta sin mascarilla, infectándose e infectando a los habitantes de sus barrios, es no solo un suicidio, es un acto de violencia contra quienes no tienen la culpa de la mala educación, el desempleo, el hambre, el confinamiento, el hacinamiento en pésimas viviendas, la falta de alegría.
Con “cojones” no se combate el virus.
¡Ay Cristo, Rey!

Por: Chiqui Vicioso

luisavicioso21@gmail.com

El Nacional

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