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La apoteosis de Duarte

La apoteosis de Duarte

En el techo del Capitolio en la capital de los Estados Unidos hay un fresco del artista Constantino Brumidi llamado “La Apoteosis de Washington”. En el mismo se muestra a George Washington ascendiendo a los cielos asumiendo su posición como uno más entre los dioses, la única figura verdaderamente endiosable de la historia americana.

El fresco pintado en 1865, el último año de la Guerra Civil Americana, demuestra la veneración casi religiosa que manifiestan los estadounidenses por su Padre Fundador, George Washington, y hoy es uno de los detalles más icónicos de la ciudad capital de esa nación, Washington, D.C.

No obstante reconocer las múltiples virtudes de Washington, y demostrarlo con tributos que van desde monumentos, memoriales, su imagen en el papel moneda y muchas otras manifestaciones de reconocimiento, incluyendo su nombramiento en 1976 como el General de los Ejércitos de los Estados Unidos para que nadie nunca pueda ostentar un rango militar mayor a él; los americanos no han rehuido de los aspectos negativos o no tan favorables de la vida e historia de Washington.

El hecho de que George Washington perdió varias batallas en la lucha revolucionaria que eventualmente logró la Independencia Americana, o que este heredó y a lo largo de su vida compró esclavos, no son escondidos por su historia. Tampoco las sátiras o burlas de su imagen son particularmente controversiales.

De hecho, precisamente para que todo eso fuera posible Washington dedicó su vida, a defender el derecho a que sus conciudadanos puedan justamente hacerlo.

Los dominicanos, en cambio, hemos mostrado ser un poquito más celosos con la figura de nuestro Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte. La Apoteosis de Juan Pablo Duarte se manifiesta en nuestros libros de historia, en el engranaje cultural sobre la reverencia a su figura, y las recelosas reacciones que derivan de cuestionarlas.

De su historia en gran medida solo nos guiamos de los relatos de su hermana, de su imagen nos aferramos a los retratos dibujados después de su muerte.

Nuestro Padre de la Patria es místico, legendario, infalible, una figura que parece construida por versículos de su biblia, ajeno a las ineludibles debilidades de los meros mortales, o a las realidades culturales de su tiempo, un ser que se eleva inmaculado y sagrado por encima de los defectos, deseos y ambiciones reservados para los seres humanos.

La Apoteosis de Juan Pablo Duarte le ha hecho una leyenda, un ser distante, inalcanzable, lejano y solitario en las insignificantes vivencias que reservamos a los mitos. Hemos hecho de Duarte una figura tan deificada, perfecta e infalible que no parece dominicana, un padre de la dominicanidad que hoy nos presentamos como la antítesis de ser dominicano.

Y al parecer así le deseamos, como el Padrastro de la Patria, alejado de nuestro ADN, que para defender su “dignidad” y deificación estamos dispuestos a aplastar absolutamente todo por lo que el originalmente luchó, nuestra libertad para cuestionar, nuestra libertad para expresarnos y sí, nuestra libertad para burlarnos, porque preferimos sostener el mito del Duarte deificado por encima del Duarte dominicano. Un reflejo más de nuestra perenne crisis existencial.

Por: Orlando Gómez
orlando.gomez@gmail.com

El Nacional

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