En casi todos los manuales de la sociología estadounidense la clase media ocupa un sitial preponderante, la cual le atribuye el efecto mágico de ser la portaestandarte de los valores institucionales societarios.
Ubicándola en nuestro contexto, es indiscutible que nuestra clase media transita por terrenos que la encauzan irremisiblemente a su desaparición. Son muchos los fantasmas que la acechan, y como boxeador atrapado entre las cuerdas, recibe cotidianamente golpes demoledores, lo cual le impiden su papel de catalizadora de cambios y ascenso social por cánones institucionales.
Todas las entidades nuestras ponen “su granito de arena” en el proyecto de desaparición de la clase media. Policía nacional, Digesett, Impuestos Internos, Salud Pública y sus toques de queda exclusivo, delincuencia, préstamos bancarios, tarjetas de créditos, exorbitantes impuestos a los boletos aéreos, jueces, etc. (agréguele usted los que se me quedan), parecen haberse confabulados para sepultarla y lanzarla al rio Aqueronte de donde nunca retornará.
Sin dolientes ni nadie quien salga en su defensa, la pequeña burguesía o clase media es embestida brutalmente con toda suerte de política elaborada en su contra, pareciendo que el ulterior deseo es aniquilarla.
Los pobres y ricos en todo momento cuentan con el beneplácito de los gobiernos de turnos, que le temen como el diablo a la cruz, y que difícilmente tomen iniciativa alguna que lacere, aunque sea mínimamente esos sectores.
No así la clase media, que por su carácter de gente encopetada, sin ascendencia rambulera, y no dada a hacer piquetes, huelgas, protestas, mítines, incapaz de dar una “pela e lengua” a quien le niegue sus derechos, alérgica a cerrar calles, “educada”, etc.
Por: Elvis Valoy
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