La persona que ejerce el liderazgo en una organización política o empresarial, debe garantizarse el respeto y la confianza de su gente. Mientras éste se fortalece en la medida en que se sirve a los demás.
Esta definición sencilla e ideal contradice con la realidad que nos presentan casos en los que las personas que deberían servir, lo que hace es servirse del trabajo de los demás.
Ser líder es ser confiable, es decir que la gente crea en esa persona, que sepa que no fallará, y si lo hace que sus fallas sean reconocidas porque son de buena fe, lo que corresponde a las personas de buen corazón. Pero también significa dar confianza a los demás.
Según el pensador Stephen Covey, el liderazgo moderno consiste en facultar a las personas a tomar decisiones basadas en principios correctos, alineados con una visión compartida. El liderazgo centrado en principios constituye el fundamento de la efectividad personal y organizacional.
El líder que controla a los demás por medio del miedo o de las dádivas, pronto descubrirá que su autoridad es temporal, tendente a desaparecer con esas coyunturas.
El poder del líder impone una carga psicológica y emocional a los seguidores, pero jamás debe alentar sospechas, mentiras, la deshonestidad, porque eso a largo plazo lleva a la disolución.
Cuando se dirige a un conglomerado, y para ejercer ese liderazgo hay que contar con los medios de comunicación, es porque abajo se ha perdido la confianza y el respaldo, entonces lo correcto y valiente es dejar el paso a otro.
Cuando un líder pierde el respaldo de su base, es como cuando perdemos el amor de una mujer. Hay que dejarla trillar su propio camino y jamás tratar de mantenerla a la fuerza.
Como señaló el poeta y filósofo ruso Alexander Solzhenitsyn: Solo se tiene poder sobre la gente mientras no se le saque todo. Pero cuando a un militante usted le roba hasta la esperanza, él ya no está en su poder: es libre nuevamente.

