Avanza sobre la base de un rancherío mínimo soñando crecer en las empedradas barrancas de color amarillo y la polvareda de los remolinos
Santiago.La génesis del Santiago mecido dulcemente en la penumbra de los días finiseculares del siglo XIX es la de un rancherío mínimo soñando crecer en las empedradas barrancas de color amarillo y la polvareda de los remolinos.
Las serranías contiguas se llenaban de cocuyos justo al caer la noche de un cielo casi siempre triste y profundo.
Quebrado una que otra vez el silencio del idílico valle, cierto lugar del pueblo arriba se convertía en un rumor de mariposas nocturnas, de esas que, sin razón, llaman todavía mujeres de vida alegre.
Extrañamente había una calle llamada Traslamar, sin que se viera una partícula de mar en parte alguna (éste se había retirado hace 40 millones de años) sino más bien unos cerros amenazados por la indolente verdolaga, las enredaderas y el cadillo.
En la calle San Miguel, los soldados que había en las postrimerías de los años 90 del siglo XIX armaban sus desórdenes junto a los delincuentes y los llamados cueros, que en razón de una pobreza hoy indescriptible ofertaban al mejor postor lo que todavía les quedaba de cuerpo o de ser besado y acariciado, al mejor postor.
Nicanor Jiménez dice en su Santiago de los caballeros, página 13, que en la calle El Respeto se podía matar a una persona, apalear a cualquiera y quedar impune.
Hasta el año 1899, precisamente el año en que mataron al general Lilís en Moca, la festividad de Corpuscristi revestía gran solemnidad:
La víspera, por la tarde, una banda de cornetas y tambores recorría la ciudad tocando Generala y Asamblea.
Por la noche no se dormía en los preparativos de los altares en que debía descansar Su Divina Majestad.
A las 4:00 AM bajaba el Batallón Yaque uniformado de gala. A las 5:00 salía la procesión. El cura bajaba del altar en medias.
En la puerta del Perdón se hacían honores militares al Santísimo Sacramento.
Al llegar la procesión frente a la fortaleza San Luis se disparaba una salva de artillería. Los hombres asistían vestidos con levita cruzada. Salía la tarasca (figura monstruosa que se sacaba en algunas procesiones) y los gigantes, preparados por Juan Brito. La muchachería se divertía a más no poder.
Un poco adelante describe que Manuel de Jesús Tavares ponía en la esquina de su establecimiento El Gallo (la primera y ostentosa tienda por departamentos de la República) una barrica de su célebre aguardiente y un jarro de hojalata para los bebedores, un molinete y un palo encebado con un queso y cuatro monedas fuertes.
Una orquesta típica amenizaba la tarde.
La calle de La Barranca sacaba su Lupina ven Acá y los altagraceños no se quedaban atrás. En la semana Santa, cuando un muchacho cometía alguna falta le decían: no te apures, el sábado repican gloria.
Ese día lo recluían y le daban una pela de grandes ligas y se quedaba sin derecho a ver la ejecución de los Judas, otra tradición que se engulló la posteridad.
Como para amedrentar a los sorprendibles ciudadanos se solía contar en el pueblo la historia de Juan Abad, que un Viernes Santo mandó a hornear un puerco para la cena, a la que asistieron varios comensales.
Abad se comió él solo casi todo el puerco asado y presuntamente lanzó denuestos contra la Virgen y los santos. Como castigo se le hincharía la barriga en forma tal que quien se le colocaba del lado de la cabeza, postrado como estaba, no le veía los pies. Al morir, la iglesia se negó a enterrarlo en el cementerio y hubo que llevarlo a la sabana.
Entonces, en 1892, irrumpe el nombre de un ciudadano que dejaría una impronta larga e insumergible en la historia de la incipiente ciudad:
Pedro Pekín, gobernador que prohibió por primera vez la fiesta de San Andrés con la que se entretenían las familias pudientes lanzándose esencias y que se prostituyó cuando la gente menos afortunada económicamente, comenzó a lanzarse inmundicias y se produjeron desórdenes, fractura de brazos y piernas y la obligada intervención de la Policía.
En el mismo año, un señor de Salcedo, entonces Juana Núñez y hoy provincia Mirabal, tenía una imagen en yeso de San Antonio a la que le atribuían grandes milagros. Iban a visitarla de muchos lugares.
Le faltaba un brazo, lo que la hacía más misteriosa e interesante en su triunfante milagrería.
Algunos le pedían esa imagen en préstamo y el señor accedía con mucho gusto y con una sonrisa algo cínica
En un descuido de los interesados, la extraía y en su lugar empaquetaba papeles
Cuando la gente, más crédula que inocente, desenvolvía el paquete en su casa no hallaba nada. El santo se había ido.
Al regresar frustrados a donde el dueño de los milagros, él se lo mostraba todo cubierto de cadillos como si éste pudiera andar por los montes hasta regresar a su dueño original.
Nombrado prebístero, Honorio Liz, de Montecristi, fue a donde el dueño del santo y se lo quitó y lo llevó para la iglesia.
Indignada la población, le cayó a tiros al cura párroco, que tuvo que abandonar a toda prisa el pueblo.
Jamás se supo después del santo mocho.
Festividad Corpuscristi
Hasta el año 1899, precisamente el año en que mataron al general Lilís en la ciudad de Moca, la festividad de Corpuscristi revestía gran solemnidad.
La víspera, una banda de cornetas y tambores recorría la ciudad tocando Generala y Asamblea. Por la noche no se dormía en los preparativos de los altares en que debía descansar Su Divina Majestad.

