La prensa hegemónica suele predefinir sus narrativas según la administración estadounidense de turno. En el caso de Ucrania, aseguraba una victoria inminente mientras Rusia capturaba el 30% del territorio. De manera similar, todavía cuestiona los objetivos de Trump en Venezuela, mientras la industria petrolera se recupera tras la captura de Maduro.
Con la intervención en Irán, insiste en que Trump carece de un plan y actúa por desesperación. Sus avances son transformados en fracasos y sus triunfos en derrotas. En cambio, para la alianza Trump-Netanyahu, hasta un revés estratégico se proyecta como una victoria.
El régimen iraní enriquece uranio e irradia su influencia en el Medio Oriente a través de estructuras terroristas como Hezbolá, Hamás y los hutíes. Con una avanzada tecnología en drones y misiles, ha demostrado su capacidad para desafiar a Estados Unidos e Israel, asediar a sus vecinos y controlar el estratégico Estrecho de Ormuz. Sin embargo, luchar con determinación y dignidad no garantiza la victoria.
Tras casi medio siglo de ataques contra sus objetivos e intereses y una sensación permanente de amenaza, la alianza entre Washington y Jerusalén decidió abandonar la contención y la diplomacia para desplegar una estrategia de neutralización definitiva.
José Café
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