Es una calle que te invita a estar y pasear por ella. Bifurcada al sur de la movida Lincoln, nos recibe tan tropical como rítmica, al compás de un ambiente alegre y contagioso.
Pequeño e inquieto, el parque de La Lira anuncia un día que bien puede ser congestionado o despejado.
Igual, una noche de infinita y sana diversión.
Sus aceras, cercanamente integradas, se nos ofrecen para un paseo en el que no echas de menos tu auto. Amén de ser saludable, como se sabe, caminar por aquí te distrae.
Epicentro de una ciudad agitada y acelerada, guarda ciertas peculiaridades pueblerinas que te transportan, con nostalgia, a los años más gloriosos del siglo XX.
Las ciudades ideales son concéntricas y remiten a una metafísica en donde el centro es el lugar de la verdad, observa el urbanista Miguel de Mena.
Fresca, en tanto colorida, se niega a envejecer.
Modificada en algunas partes, conserva atrevidamente un par de áreas vírgenes insinuando nuevas aventuras comerciales, acaso espirituales y románticas.
Derrocha el atractivo y el carácter personal negado por vías extensas y abrumadoras, como las avenidas 27 de Febrero y John F. Kennedy y Las Américas, unas formas de autopistas dentro de la ciudad, buenas para carros y ratones.
La Lope de Vega es ya una dinámica arteria comercial.
Es un espacio vital para caminar, trabajar, ir de compras y divertirse. Es una forma de integrarse a las cotidianidades de la vida social y económica.
Una mejor iluminación y la reparación de sus aceras, contribuirían efectivamente a la seguridad, dando el toque final a una vía que, como ésta, promete ser un Broadway tropical, recreando el Times Square. Guardando la proporción, desde luego.
[Este artículo es como un homenaje a la desaparecida Librería Lope de Vega, uno de los lugares de esta ciudad de los que tengo muy gratos recuerdos].
