Opinión

La manía de narrar

La manía de narrar

1
En una calurosa mañana de las vacaciones del 1952, mi amigo Johnny Harootian y yo nos dirigíamos hacia el balneario La Toma, distante a unos seis kilómetros de San Cristóbal. Este afluente del río Nigua, debido a la pureza y rico contenido mineral de sus aguas, fue la primera represa construida por los españoles, en 1520, y servía hasta hace poco de acueducto para San Cristóbal y las poblaciones vecinas. Trujillo, como La Toma se encontraba dentro de los terrenos de la Hacienda Fundación, la convirtió en una piscina privada, aunque la ciudad de San Cristóbal —y el país— podían tener acceso a ella con el permiso de la autoridad provincial.

Yo contaba entonces con doce años de edad y mi amigo Johnny con diez.
A mitad de camino entre La Toma y San Cristóbal, Trujillo había construido —en 1940— su residencia campestre, a quien todos apodaron La Caoba, levantada al pie de una colina y rodeada de árboles. Frente a La Caoba se erigió un puesto militar para proteger la residencia. Al acercarnos al puesto militar, Johnny y yo vimos pasar por nuestro lado un carro, el cual aminoró la marcha y se detuvo delante de nosotros; ambos nos miramos asustados cuando el vehículo dio marcha atrás, llegando hasta donde nos encontrábamos. Al detenerse frente a nosotros observamos en el asiento trasero al hombre que veíamos transitar a menudo por la Avenida Constitución de San Cristóbal y al que todos llamaban El Jefe.

El rostro de Trujillo, resplandeciente bajo un sombrero de palma toquilla, cuyas alas se movían nerviosas con la brisa, se volvió hacia nosotros y su boca se abrió, brotando de ella tres palabras que sonaron aflautadas, poderosas, articuladas para despertar temor:
—¿Adónde van ustedes?

Johnny me miró asustado, como pidiéndome que fuera yo quien contestara la pregunta.
—Vamos a La Toma, señor… —respondí.

Observándonos de arriba hacia abajo, Trujillo comprendió que no éramos dos huérfanos, ni que estábamos allí para hacer daño, por lo que el hombre más respetado y temido del país percibió que esos dos niños con trajes de baño en sus manos decían la verdad. Entonces, esbozando una sonrisa que parecía un rictus de aprobación, de benevolencia, nos preguntó por nuestros padres:

—¿De quiénes son hijos ustedes? —Y preguntó como para que soltáramos el miedo que nos envolvía.
—Yo soy hijo del capitán Castillo, y él de de Jack Harootian, hijo de Miss Mary, la profesora de inglés.
Casi sonriendo, Trujillo volvió a mirarnos de arriba hacia abajo, y lanzó como un torpedo:

—¡Oigan, si van a tumbar y comer mangos, no dejen las semillas en los potreros para que mis vacas no se ahoguen! —y entonces ordenó a su chofer que prosiguiera la marcha.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación