De pronto un gran silencio se sintió en el bosque y los dos hombres se detuvieron y uno le dijo al otro: _Oye, éste silencio no me gusta. A mí tampoco me gusta –dijo el otro hombre-, pero tenemos que seguir buscando a esa niña para ver si es verdad que los hombres que ven bailando se ponen a disparatar por 10 horas, así que sigamos caminando.
Los dos hombres siguieron caminando silenciosamente y al poco rato vieron a la niña jugando con un enorme perro rente a unos arbustos, entonces se le acercaron y uno de ellos le dijo: Oye, niña bailadora, estamos aquí para verte bailando.
Yo no bailo para los hombres –dijo la niña- sólo bailo para las mujeres y niños que vienen a éste bosque, así que mejor váyanse.
Los hombres se acercaron a la niña y uno la señaló diciendo: Escucha, niña, sino baila te obligaremos hacerlo.
La niña dio unos pasos hacia atrás y mirando al perro dijo con frialdad: Si me tocan van a tener un gran problema con Salvaje, y eso no le va a gustar, pero lo complaceré bailando para ustedes.
Y soltándose el pelo comenzó a bailar con una destreza y elegancia nunca vista por aquellos hombres, y cuando terminó dio un gran salto y desapareció con Salvaje entre los árboles, y uno de ellos dijo entre risas y asombro: Oye, esta niña es tremenda bailadora, pero yo la vi bailando y no estoy disparatando.
Tampoco yo-dijo el otro hombre-, y ahora vámonos para la casa. Y comenzaron a caminar riéndose de la niña y cuando llegaron a un sitio donde había una cueva entraron a ésta y se sentaron sobre una piedra, y uno de ellos dijo: Oye, éste mueble está incómodo.
Sí, está incómodo-dijo el otro-, y mira las paredes, están descoloridas.
Y mira el refrigerador -dijo el otro señalando una gran piedra-, ya está muy feo para tenerlo en esta casa, así que vamos a levantarlo para llevarlo a vender al mercado del pueblo.
(Alfonso Demorizi Romero)

