Según su amigo el periodista Daniel Samper Pizano, Alvaro Cepeda Samudio era una expresión desbordada del hombre renacentista. Periodista, editor, autor de novelas y cuentos y director de dos cortometrajes surrealistas todos ellos poco estudiados fuera de Colombia- es quizá más recordado actualmente como miembro del Grupo de Barranquilla.
Referido en la ficción de Gabriel García Márquez en Cien Años de Soledad como uno de los cuatro amigos del último Aureliano, y nuevamente aludido familiarmente en su Vivir para contarla como una cofradía de genios alucinados el Grupo de Barranquilla surgió en forma espontánea en la sofocante ciudad portuaria colombiana del mismo nombre en 1950.
Según narra García Márquez en El espectador, un día Cepeda decidió anunciar al grupo que había escrito suficientes cuentos como para publicar una colección. Existía, sin embargo, un problema: no sabía exactamente dónde estaban los manuscritos. Aparentemente Vargas y Fuenmayor tuvieron que sacarlo de un cine continuo donde estaba viendo un endiablado salpicón de películas mexicanas con los pies trepados en los asientos del frente para rogarle que les dijera dónde podían encontrar los manuscritos. Resultó que estaban en la guantera de su automóvil, el automóvil que había vendido hacía un año.
Estos y otros pequeños obstáculos, incluso el haberse bebido el precioso dinero de la publicación en tres celebraciones prematuras, hizo que García Márquez afirmara que la existencia de los primeros cuentos de Cepeda sería más explicable si se demostrara que los ha ido escribiendo de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, en las paredes, en las mesas, detrás de las puertas.
Lo que está claro es que Cepeda se lanzó de lleno a su más seria y reconocida obra, una meditación faulkneriana sobre la violencia, el patriarcado y la política, La casa grande (1962) cuando pensó que su vida estaba amenazada por una grave enfermedad.
Después de bañarse en Bogotá desnudo en un aguacero, Cepeda tuvo un fuerte resfrío que fue posteriormente diagnosticado como tuberculosis. Exiliado por los médicos al pueblo costero de Puerto Colombia, comenzó a escribir diligentemente por primera vez en la novela que había empezado a escribir seis años antes, bebiendo solo leche mientras el hielo repicaba en los vasos de whisky de sus visitantes.
Varios meses después durante una revisiación en Bogotá, los médicos no pudieron hallar trazas de la enfermedad. Curado de la enfermedad que muy probablemente nunca había tenido y, quizá aún más milagrosamente, con un nuevo libro, Cepeda regresó a Barranquilla en 1961.
Publicado el año siguiente La casa grande su relato de la masacre bananera de 1928- fue elogiado por su relevancia nacional y su sofisticado empleo de voces de Ciénaga que presentan la atrocidad desde un ángulo diferente en los distintos capítulos de la obra.
La tercera y última obra literaria de Cepeda Los cuentos de Juana- vibrantemente ilustrada por su amigo Alejandro Obregón y publicada póstumamente en el mismo mes de su muerte a causa de un linfoma en 1972- contiene las mismas fusiones de tiempo, espacio y carácter en, y en algunos casos más allá, de los límites aceptados.
Integrado por estrepitosas aventuras que tienen lugar entre amigos íntimos y figuras históricas glorificadas, escapadas erráticas que desafían los límites temporales y espaciales, y experimentos espontáneos de ocultar la realidad local en el disfraz de carnaval de la ficción, Los cuentos de Juana es un desfile de cambiantes e inconsistentes identidades.
En vez de dirigirse al lector que busca respuestas fáciles y metáforas unidimensionales y fácilmente digeribles, Cepeda cede a un impulso cortrazariano de llevar al lector al centro mismo de su obra, convirtiéndolo en cómplice. Según el crítico colombiano Ariel Castillo, estos lectores cómplices se caracterizan por sus constantes y activos intentos de resolver ambigüedades, ordenar lo fragmentario, identificar ironías, captar incongruencias y contribuir, en fin, a su construcción, siempre provisional, nunca definitiva.
Crucial para comprender el enmarañado dinamismo de la obra y la vida de Cepeda es el reconocimiento de sus raí8ces en los principios del poeta, pintor y esteta inglés William Blake (el viejo Blake), que unión ideas opuestas y cuyo aforismo el camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría, que Cepeda utilizó para iniciar Los cuentos de Juana. Aunque criticado por su sinrazón y su desafío, es importante señalar que ninguna de las nociones de exceso del autor implica una asociación o expresión aleatoria de nada y todo.
Los cuentos contiene chispazos de personajes y situaciones condensados en solo 76 páginas, y mientras que la discontinuidad, el desafío e incluso la absurdidad presente en su obra hacen al texto difícil de abordar, absorber y aceptar, es precisamente esas cualidades las que proporcionan a la colección su explosiva unidad y su significación artística. Ello es verdad no solo para el legado literario de Alvaro Cepeda Samudio o la costa colombiana, sino para toda la tradición que procura abrir los límites de la forma desde adentro, acercando al arte al inquieto reino de la vida.

