Aunque el actual modelo de educación virtual sea una receta de organismos internacionales o una copia de algún país desarrollado para enfrentar el covid, de ninguna manera los resultados serán los mejores. Hay quienes podrían vanagloriarse de superar no solo los lógicos obstáculos en el proceso, sino hasta el pesimismo de sectores que apostarían al fracaso.
Podría decirse que gracias al compromiso, la cuantiosa inversión en equipos, conectividad, servicio eléctrico y la esencial alimentación se salió airoso del primer gran desafío afrontado por la enseñanza frente a la pandemia del coronavirus.
No se puede negar que no había más alternativa que el recurso tecnológico para garantizar el aprendizaje, pero tampoco se puede ignorar la realidad de una nación como República Dominicana.
En los sectores de clase media y hasta en barrios populares, el modelo de la enseñanza virtual funciona aún con sus inconvenientes. Las familias cuentan con las condiciones mínimas que requiere la educación a distancia.
Y todavía más: en la mayoría de los casos los padres tienen los conocimientos necesarios en el uso de las herramientas tecnológicas para ayudar a los estudiantes en sus tareas, y la estabilidad para hacer de los hogares una suerte de segunda escuela.
¿Pero cuántos residentes en casuchas, hacinados, sin servicios básicos ni la más elemental condiciones de higiene pueden aprovechar el avanzado sistema digital que sin duda terminará por imponerse en muchísimos países? No se trata de desandar los caminos, sino de tomar en cuenta una realidad a la vista para evitar confusiones o engaños.
El drama de los marginados es espantoso, pero la respuesta no es un rompecabezas. Con esos estudiantes cuyos hogares no son aptos para el alcance en su totalidad de la educación a distancia debe simplemente contemplarse la enseñanza presencial con todos los requisitos sanitarios que se exigen en otras actividades.
No solo suena bien, sino que denota un loable interés en el impulso del sistema educativo la creación de una plataforma digital para dotar de computadora a cada uno de los 2.8 millones de estudiantes, así como el entrenamiento y dotación de las herramientas necesarias a los casi 100 mil profesores ,sin hablar de la contratación de medios electrónico para la difusión de los programas.
Pero hay una realidad que debe verse en su justa dimensión. Los pobres de por sí están muy atrás en materia de aprendizaje y con un modelo como el acelerado por las circunstancias el problema es peor todavía. Los muchachos que residen en esos antros de miseria necesitan también los planteles para educarse. Y salir del infierno que los rodea.
Por: Luis Pérez Casanova
l.casanova@elnacional.com.do

