Cuando Nicudemio del Villar salió de la cárcel, habían transcurrido diez años de habérsele privado de su libertad, por la comisión de homicidios voluntarios durante la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo Molina.
Nicudemio del Villar con su declaración ni sus abogados con una enardecida defensa, pudieron hacer valer las alegadas circunstancias atenuantes.
El dispositivo de la sentencia se sostuvo en un argumento simple, pero contundente e irrebatible: Nadie en su sano juicio, cumple la orden de suicidarse.
Al principio de su reclusión, Nicudemio del Villar, confundido por el estrecho concepto de obediencia que le habían inculcado en los cuarteles y en los centros de inteligencia militar, se resistía a aceptar que la condena fuera mínimamente justa; y su convicción se fortalecía cuando oía los constantes y vehementes debates sobre el tema, en los que hasta se llegó a comentar que lo correcto hubiera sido arriesgarse a un inminente fusilamiento.
Pero, lo que le laceró el alma en lo más hondo a Nicudemio fue que los teóricos abanderados de la moral social, acaso socarronamente, apoyaban el martirologio.
— Es muy bueno hablar de lo que se debe o no se debe hacer sin ponerse en el pellejo del otro. A mí no me llamaron. Yo fui a buscar trabajo, a que me engancharan a la guardia para ganarme la vida.
Cuando me preguntaron que si yo era amigo del Jefe y si estaba dispuesto a cumplir las órdenes de mis superiores, dije que sí. Reflexionó.
Y a seguidas se preguntó: — ¿Qué otra cosa iba a decir?
Ya en libertad, ante las tantas reacciones contradictorias que difundían los medios de comunicación, cada cierto tiempo, sobretodo cuando se cumplía aniversario de la muerte o la desaparición de alguno de los caídos en su lucha contra la tiranía, Nicudemio del Villar, se sotosonreía; pues eran reacciones tan apasionadas que en muchos casos no tenían ningún asidero.
El desconocimiento de los hechos las enfrentaba a la verdad, y caían irremisiblemente en el zafacón de las pretensiones.
Contrario a como regularmente sucede, que con el paso de los años, las cosas se olvidan; mucho más, cuando en apariencia no vale la pena recordarlas, Nicudemio del Villar, a pesar del largo tiempo que significan veinte años de reclusión para quien se considera, cuando no completamente inocente, al menos instrumento de la mala suerte, siempre tuvo presente la anécdota que le contó el alguacil de estrados del tribunal donde se le condenó en Primera Instancia.
Según lo relatado por el ministerial a Nicudemio Del Villar, mientras se celebraba una audiencia, una señora en evidente estado de histeria le enrostró a una niña que su padre era un asesino, que le había matado a su marido.
La situación que se presentó posteriormente por el improperio fue bastante ilustrativa, y Nicudemio la tenía presente por lo verdadera, patética y conmovedora.
En efecto, pasó el tiempo y la niña se hizo mujer y abogada; una abogada criminalista de fuste. Fueron tantas las veces que su progenitor le juró que nunca había matado, que ella se propuso demostrar su inocencia con la tesis del crimen imposible, y lo logró.
Su padre nunca estuvo en la escena del crimen que se le imputó; sin embargo, murió con el estigma de asesino sin serlo.
Las reflexiones de Nicudemio en la cárcel; las irreflexivas opiniones de los parientes de las víctimas, por cuanto su dolor no dejaba espacio a la compasión; los comentarios morbosa y maliciosamente especulativos de seudos comunicadores, por demás indocumentados, pero ansiosos de protagonismo; y la revelación que le hizo el ministerial, motivaron a Nicudemio del Villar a considerar seriamente la conveniencia de llevar una vida austera y en relativa soledad.
— Total, se dijo con resignación, desde que escogí el camino militar me segregué de la sociedad; nunca he tenido un hogar propio ni familia ni amigos. Según me dijeron, eso podía perjudicar mi carrera.
En ese momento, todo lo bueno de su condición humana se apoderó del corazón de Nicudemio del Villar; estuvo a punto de lagrimear. Pero, se contuvo; a pesar de que los sentimientos lo apremiaban tanto que su deseo era llorar amarga e inconsolablemente, a causa del remordimiento que le calcinaba el alma. El haber provocado con sus delaciones el apresamiento y las torturas a tantas personas, y la muerte a cinco confesos enemigos del Jefe, a quienes él mismo interrogó, lo mantenían en un limbo desesperante entre la acción culpable y la licencia indulgente del que cumple órdenes superiores.
Sin embargo, Nicudemio del Villar estaba convencido de que la verdadera justicia no es la que administran los hombres, sino la que dicta en la tierra la conciencia del culpable o la compasiva y misericordiosa del Hacedor de todo, en el espacio inescrutable de su reino; adonde tiene que haber, pensaba él, un lugar para el perdón misericordioso a los dignos de la compasión divina, cuando la falta de maldad o lo atenuante les favorece.
Si en alguna ocasión hubiera sido preciso identificarlo, por sus señas particulares nada hubiese sido más fácil. Lo difícil era entender por qué la naturaleza o el destino se había ensañado con su cuerpo. De piel clara, pelo medianamente crespo, con sólo la reminiscencia de haber sido negro, y del que sólo quedaban remanentes que bordeaban su media cabeza, y una cicatriz honda en la frente, Nicudemio del Villar, definitivamente era un espécimen tenebroso. Además, también renqueaba de una pierna y era cinqueño. Características y razones, acaso ideales para su reclutamiento en el Servicio de Inteligencia Militar (SIM).
Meditando profundamente, como quien está en trance parasicológico, estaba Nicudemio del Villar, cuando recordó que al dictador Trujillo lo finaron dos horas después de que él se había dormido con el arrullo del tic tac de su Westclock de resonancia metálica y puntual, listo para a las cinco interrumpir la placidez de su sueño; y que esa madrugada, sin saber debido a qué, no esperó el estruendoso timbre, como de costumbre; que se sentó en el excusado, y mientras tomaba café y fumaba, desenrolló el periódico, y el titular principal decía: Mataron al Jefe.
Acto seguido, Nicudemio corrió como un autómata hasta su cuartel, dispuesto a defender el régimen con su propia sangre. Era tanto el deseo de ser fiel al compromiso que asumió cuando voluntariamente se enganchó a la guardia que, de pronto, una estela de realidad y fantasía lo envolvió como un ovillo, y sintió que una fuerza centrífuga le succionaba la memoria, y la esparcía por los aires en toda dirección.
Poco después, cual si hubiese despertado de un sueño milenario, Nicudemio del Villar, al verse apremiado por una amargura inenarrable, se durmió para siempre con el consuelo de jamás recordar su proyecto de formar un hogar con Carmela, a quien se acostumbró a hacerle el amor, sólo después de que Paquita la maipiola, le juró por Dios que Reyita había muerto.
