Un bosque sin ellas es inexplicable. Y es una monstruosa organización caótica y oscura.
Las aves, si se olvidan por un momento las aguas que corren, son la vida móvil de la montaña, la diversidad sinfónica, la fiesta de la armonía de las tonalidades.
La ciencia ha descubierto, a través de lo que ellas ya no tienen, que estas criaturas, millones de años ha, eran lagartos.
La naturaleza tiene una original versatilidad y creatividad para enseñarles a adaptarse a sus criaturas, que nada ni nada, de acuerdo a un delicado correlato, se queda sin compensación.
Este entramado montañoso y sucesión de escenarios puros, es su hogar y su refugio crítico.
Allí donde reproduce la vitalidad de todo lo que hay de rumoroso, versátil y genuino del orden natural.
Donde no llegamos a ver esas tímidas criaturas que nutren un espacio primoroso existe riesgo de muerte o de perdición.
oscuro, resuelto pero cauteloso, de plumaje brilloso y aires de propietario del valle, El cao, (Colvus palmarum) es en El Tetero una especie algo terrorista que se te acerca en grupo, amenazante con gran ruido, histérico, (que no es más que la expresión de sus íntimos temores y cautelas).
El plan es que alguien a través de la intolerable intensidad coral, (no como lo hacían las erinias del mito helénico cuando iban, por encargo de los dioses, a desbaratar banquetes de príncipes y comensales desmemoriados que no les rendían tributo, de buen o mal grado), le deje caer algunas migajas.
Pero el cao no se tirará al suelo desprevenido y como si no hubiera peligros.
No hay nada de ingenuidad en este desconfiado pájaro de plumaje bruñido como una noche estelar.
El primero esperará a que se retire el buen mecenas y cuando ya esté lejos, si acaso, el más decidido de ellos, que vendría a ser el líder, comenzará en solitario la excursión.
Después se le sumarán otros hasta conformar una vorágine de gritos, un torbellino alado, que escapará en vuelo, a toda prisa, hacia las profundidades del pinar profundo.
Siempre se van con su escandalosa e inmotivada alarma como nubes de otoño que parecen amenazantes pero que no se deciden por ser lluvia.
Ellos no saben (ni tienen que tomar en cuenta), que está rigurosamente prohibido amenazarlos siquiera.
El cao come lo que aparezca cuando no encuentra el manjar que le apetece, desde frutas, insectos, flores, reptiles, semillas.
Anida en lo más alto que encuentra pero prefiere la copa del pino más elevado.
Se le vio, (quien puede decir que no ha visto) siempre organizado en pandilla, durante la más reciente visita a este valle y al pico Duarte, del médico José Díaz, de la Fundación Ecológica Dominicana, uno de los pioneros de estas excursiones.
La cigua amarilla (Spindalis dominicensis) es una paleta cromática con ojos y patas y pico que va del amarillo febril, al negro formal o al marrón de uniforme, con rayas blancas que lo atraviesan como nubes, hasta el al rojo discreto sobre el pecho y debajo de las alas, junto a la cola.
Es un ave endémica dominicana y, como otras, la perfección de un diseño excelso.
Ama la andadura entre los cafetales y las altas colinas. Su precioso nido semeja una copa.
Es un capullo emplumado que transforma el sendero.
El rey del bosque alto, el guaraguao, (Buteo jamaicensis) difamado, perseguido como si fuese un criminal peligroso, sus preferencias no están entre los pollos, que son aves con las que difícilmente se encuentra en su camino, sino los desprevenidos roedores.
Se lanza en picada contra ellos a cientos de kilómetros por hora como un relámpago que busca dónde quedarse dormido.
Hay un viajero que parece una sucesión de rayas maestras con pico de ámbar y ojos de un negro profundo.
Es el miniotilta varia o pega palo. Viene de otras latitudes territoriales de fuera del país y anda saltando tímidamente por la superficie del bosque.
Ama los insectos pero no por ello deja de engullírselos.
Es una cigua de pequeña estatura y se la encuentra, discreta siempre, en el período invernal.
El jilguero (myadestes genibarbis) resulta difícil de observar.
Pero su canto, de un solo tono cuasi divino, se escucha desde que uno se interna en Los tablones, primer trayecto hacia las cumbres nubladas y frías de la cordillera Central.
Cualquiera confunde el chicuí (Todus angustirostris) con al barrancolí (Todus sabulatus) porque su plumaje es idéntico. Ambos ostentan un verde paradisíaco.
Son joyas emplumadas indiferentes a su profunda y breve hermosura.
Su nombre científico sugiere angustia en el rostro y ciertamente, se lleva cualquiera esa impresión primera en su mirada fija y en su elusiva presencia.
Pero las aves nada tienen que ver con el escandaloso comportamiento humano ni sus sueños ni sus pesadillas.
Es endémica y anida en pequeños huecos que cava en la tierra.
La fauna
En las zonas altas la fauna es menos abundante debido a que las condiciones climáticas son más difíciles que en las zonas bajas. Sin embargo, un caminante con experiencia siempre encuentra algún lagarto o alguna ave.
Algunos animales como las ranas y las cacatas son activos durante la noche y descansan en sus escondrijos durante el día lo que los hace difíciles de ver.
No hay animales grandes ni peligrosos en la Cordillera Central.

