Aunque Carlos Marx inmortalizó la frase en su 18 brumario de que ‘’La historia ocurre dos veces: la primera como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa’’, es realmente con Nicolás Maquiavelo que el concepto de una concepción cíclica de la historia, adquiere un valor inconmensurable.
Con diferentes modalidades, la historia moderna ha sido las luchas encarnizadas entre las potencias por adquirir riquezas económicas y control político más allá de sus fronteras.
En el Congreso de Viena de 1814- 1815, tras la caída de Napoleón ‘’en aquel Waterloo’’ como diría Stefan Zweig, Inglaterra, Prusia, Rusia y Austria se repartieron el mundo, sin sospechar siquiera, que la fuerza cíclica de la historia, repetiría exactamente 100 años después, otra guerra imperialista: La primera guerra mundial, 1914-1918.
El tratado de Versalles de 1919 que finiquita la guerra y pretendía que jamás la humanidad volviera a contemplar un acontecimiento de tal magnitud, creó las condiciones con la humillación impuesta a Alemania para el inicio de la segunda guerra mundial de 1939- 1945.
El holocausto llevado a cabo por Adolf Hitler y su régimen Nazi, asesinando a millones de judíos en los campos de exterminio, mostró al mundo los niveles más abyectos de la humanidad.
Documentos desclasificados dejan muy mal parados a la iglesia católica y al papa Pio XII, como representante de Dios, por su ineptitud ante el genocidio que se cometía en su presencia. Ya existen pruebas de que el Vaticano ayudó a escapar a criminales de guerras en las llamadas Rutas de Ratas que condujo a criminales como Adolf Eichmann, Josef Mengele, Klaus Barbie, Franz Stangl y otros malvados a países de Sudamérica.
Las confesiones del obispo austriaco Alois Hudal, quien fue un gran organizador para proteger y poner en la Ruta de Ratas a esos vulgares genocidas, no dejan lugar a dudas. Aunque el Papa Francisco aseguró que no existe el infierno, albergamos la esperanza de que el Santo Padre se haya equivocado para que esos aborrecibles genocidas ardan en el infierno.
Por: Ramón Rodríguez
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