El pacto con el ingeniero Miguel Vargas Maldonado fue una hábil jugada política del presidente Leonel Fernández. Aplacó inicialmente las protestas sociales y bajó las tensiones en el PLD al dejar sin efecto la posibilidad de presentarse en las elecciones de 2012 a través de la reforma constitucional. Por la oposición de los asambleístas que siguen al licenciado Danilo Medina y de los del bloque del PRD, esa reforma no iba a pasar. Pero con el pacto Leonel se anticipó, hábilmente, a lo que sería una derrota política. Ahora, con las ardientes protestas que acorralan al Gobierno, se ha dado cuenta de que tenía que jugar otras cartas políticas. De ahí el inteligente encuentro que promovió con los precandidatos presidenciales de su partido para, en aras de la unidad y apoyo, despejar conjeturas sobre la promoción de su esposa como posible contendiente a la nominación peledeísta, y ratificar su papel como árbitro del proceso interno. Como estratega a tiempo completo, esos pasos Leonel los complementa con sus desplazamientos y encuentros en diferentes comunidades para, cual bueno de la película, corresponder a las demandas exigidas a través de encendidas protestas sociales. Porque él más que nadie sabe que el encanto no está en el discurso ni en los buenos modales, por más que ayuden, sino en la solución a los problemas concretos de la gente. Pero también que sin una maquinaria partidaria unida y bien engresada se diluyen las posibilidades de retener el Congreso en las elecciones de 2010, que tanto le conviene, y de ganar las votaciones de 2012. Gracias en gran medida a sus múltiples maniobras ha logrado no sólo afianzarse como líder y ente de equilibrio en su partido, allanar el camino de los precandidatos, desmovilizar transitoriamente a sectores populares y relegar a un segundo plano las denuncias de corrupción. Todo, por supuesto, en lo que el hacha va y viene.

