Si las relaciones entre Haití y República Dominicana no son tan tensas como aparentan, entonces habrá que hacer algo para despejar esa incierta percepción. La tarea no será tan simple porque lo que evidencian acontecimientos ocurridos últimamente es una frialdad que raya en la indiferencia en los lazos personales y diplomáticos de los presidentes Leonel Fernández y René Preval.
Como pruebas al canto basta con un recuento desde el momento en que Haití solicitó a las autoridades dominicanas que se abstengan en foros, cumbres y encuentros internacionales de clamar ayuda para esa nación. El alegato de los haitianos de que no eran una nación mendicante podía tener mucho sentido de la dignidad, pero el pedimento fuera exclusivamente a este país es muy sintomático del malestar en las relaciones hasta para el más despistado de los mortales.
El incidente, aunque molestoso, quedó en el pasado. Pero otros casos casi de la misma envergadura se ocuparon de testimoniar la inconformidad que se cernía en los lazos entre los dos vecinos. Antes del ostensible desaire que diplomáticamente se han tributado sus gobernantes sucesos como las restricciones al comercio avícola eran suficientes para poner la nota.
Como eslabón de una larga retahíla el conflicto con el comercio avícola ha llegado tan lejos que a la fecha Haití no ha levantado oficialmente las restricciones para la importación de pollos y huevos procedentes de República Dominicana. La decisión, que tuvo fuerte impacto en la producción, ha sido atribuida a que por aquí no se ha certificado que las granjas están exentas de la gripe aviar.
No se sabe si se saludaron, pero que Leonel y Préval no se fotografiaran juntos en la cumbre de Trinidad se presta para especular sobre la distancia que los separa. O más claro: cuán distantes son sus relaciones. La crisis se ha tornado tan visible, que hay quienes piensan que el liderazgo que pidió Hillary Clinton a Leonel ejercer en la región se limita a limar las asperezas con Haití. Y lo cierto es que parece no haber más espacio en el área.
Estados Unidos tiene un compromiso con la estabilidad y la mejoría de Haití, pero el proyecto está supeditado de alguna manera a la cooperación de República Dominicana.
Pero ahí no se detienen las cosas. La suspensión de los vuelos comerciales entre los dos vecinos podrá ser un caso aislado, pero no hay forma de evitar relacionarlo con la tensión. Se alega que la medida fue decidida por las supuestas trabas de las autoridades haitianas a los permisos solicitados por el país. En otras palabras: falta de reciprocidad.
Dentro del malestar, organizaciones haitianas exageran en sus quejas sobre la supuesta discriminación, persecución y atropello de que alegan son víctimas los nacionales de la vecina República que viven y trabajan en el país. Si el sistema es injusto no es sólo con ellos, es con quienes están en esas condiciones, incluso los dominicanos.
La eliminación de obstáculos o armonía de las relaciones parece fundamental como paso previo a cualquier eventual misión internacional que pueda cumplir Fernández. Para EU y las superpotencias, Haití es una víctima, no sólo de la inestabilidad y la pobreza, sino del desprecio de los dominicanos. Esa percepción, que los haitianos explotan en su provecho, pesa mucho. El cúmulo de conflictos se presta para especular sobre un distanciamiento en las relaciones de los gobernantes de las dos naciones.

