El presidente y los pedilones
Los pedigüeños que se sientan a las puertas anchas de las iglesias se revelan como chivitos jartos de jobos comparados con los pedilones profesionales: empresarios, funcionarios, políticos y ciudadanos de distintos tamaños y colores que ven a presidentes de la República. Y no se entiende por qué a éstos no se les avientan los buches ni se les caen los dientes de tanto pordiosear. ¡Ave María Purísima!.
Antes y después de las misas, inválidos, ciegos, sordomudos, ancianos con mal de Parkinson y otros achaques suplican con sus ropajes estropeados y sus miradas de conmiseración. Y verbalizan flamantemente mentirosos trajeados y bien peinados, gordos, homosexuales, mujeriegos en roles de legisladores, comunitarios con rostros enclenques, tacaños explotadores, actores, malapagas e inversionistas parecidos a astronautas.
Los únicos que no le solicitan ni un caramelo al Dios de carne y huesos (perdón: a su excelencia u honorable) son sus guardaespaldas, porque en ese instante quedan amarrados. Tampoco altos oficiales castrenses con caras serias, ya que tienen una isleta agachada para coger, sin disparar un solo tiro, papeletas bajadas de las nubes.
El apellidado Trujillo contestaba las cartas que llegaban a su despacho, pero las solicitudes a los pasados Mandamás no caben en el Faro a Colón: empleos y más empleos, y no conocemos si en secreto les han pedido besos en las mejillas, un pedazo de cielo y que prohíba que cada hombre no tenga más de una mujer.
Más del “90%” de los que ven a los mandatarios es para PEDIR, y jamás para cantarle o recitarle un poema para que se relajen. Buscar un decreto y la aprobación de un proyecto o una obra socio-comunitaria resume el contacto, poniendo la fe en el pico de la montaña.
Los pedigüeños de iglesias, brujos, borrachos y militares que leen la Santa Biblia más que el Papa, no tienen la esperanza de ser recibidos por el que asemejan con una Deidad, pero sí un burlón disfrazado, bajito y barrigoncito, identificado como El Titán. En campañas electorales, se reía de los que bandereaban y, cuando escogían a su presidente, conseguía lo que no consiguieron los que se fajaron.
Como un imán, El Titán accedía al número Uno, al que impresionaba y envolvía. Pregonaba que hay que PEDIRLE, porque no adivina lo que cada quien quiere y que cuando un cristiano baja de la silla palaciega sólo lo saluda con las manos, si ve que el Diablo se lo lleva.
Ya habrá comprendido la diferencia entre pedigüeño y pedilón, por qué tantas criaturas limosnean al encaramado Ser Celestial Terrenal y a qué se debe que a usted no le permiten acercársele, aunque se le caiga el fondillo, para limpiarle el saco.
Por: Oscar López Reyes
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