El Nacional
SANTIAGO.- Toda quietud pertenece al pasado y toda crisis aparece sedienta de catástrofes si se la ve desde el tono profético con que la muestran cada segundo en casi cada medio de comunicación del globo.
Sin embargo, nada debería verse desde una sola posición o punto de mira.
Esa forma de ver es tan limitada que no debería ser considerada viable.
La crisis es, en cierto modo, movimiento, toma de posición hacia nuevos impulsos futuros.
Esa condición conforma una dinámica que trae aparejado el cambio.
Visto así el devenir, como la establece el canon de Wall Street, ésta respondería a los prolegómenos del trauma.
Pero las crisis aprovechadas como oportunidad de cambio, deciden desde sus necesidades y su violencia intrínseca, innumerables resoluciones provechosas.
Ellas no son el toro que embiste sin ser visto puesto que todos -o los mejor enterados- saben cuándo y por qué viene (y ahora hasta qué tiempo, hipotéticamente, durarán) en camino, qué va a hacer en términos económicos y a cuántos afectará en su duro golpear al mundo entero.
Lo bueno de la crisis son sus vastas posibilidades de toma de conciencia:
A mayor dimensión, mayores sus consecuencias positivas siempre que se tome al toro por los cuernos, (no por el rabo, porque patea y duro!).
Lo malo es que afecta cruelmente a los más desposeídos, los más desinformados, los menos preparados.
Lo bueno es que tiene la capacidad hasta de redistribuir el poder y de crear nuevas formas de equilibrio.
Lo malo es su capacidad para decidir conflictos (incluso bélicos), como ocurriera casi siempre en el pasado.
Lo bueno es que crea cimientos a las variables del cambio.
Lo malo: coloca a los más poderosos en condiciones defensivas que entonces concentran sus esfuerzos en sus propios problemas y puede hacerlos olvidar sus responsabilidades, que son serias y extensivas.
Lo bueno: permite aplazar los compromisos económicos de los más débiles con razones más que atendibles.
Lo malo: produce quiebras, desempleo, desaliento y graves consecuencias inmediatas.
Lo bueno: ofrece buenas excusas para que los ingleses esperen un poco más y te visiten menos.
Lo malo: crea incertidumbre, no están claras las salidas y en ocasiones parecerían eternas y desproporcionadas.
Lo bueno: aplaza el espíritu de bulto que consiste en exhibir hasta lo que no se tiene como la expresión más cruel y frívola de la vanidad humana.
Lo malo: supone el nacimiento de diferentes formas de proteccionismo, de pesimismo, de esos monumentos de cifras económicas ominosas, pérdidas, ruinas y colaterales suicidios.
Lo bueno: torna creativa a mucha gente, genera inventivas, iniciativas nuevas, creaciones revolucionarias.
Lo malo: no todos extraen las mejores lecciones y la prueba es que apenas se aprendió algo de la Gran Depresión de 1929.
Lo bueno: echa a un lado el fundamentalismo económico del neoliberalismo y la fase guerrerista de los clanes que se instauraron en las reaganianas todavía hegemónicos en las capitales financieras internacionales.
Lo malo: deja los débiles tan débiles que muchos se mantendrán en sus mismas posiciones de desamparo y otros, millones, morderán una y otra vez el abismo.
Lo bueno: posibilita una recomposición -y de las leyes que los sustentan- de esos organismos todopoderosos que fracasaron en sus previsiones mientras los evidencia como protectores de un solo sector, el de los grandes mercados mundiales, sus vectores y sus reflectores.

