El Nacional
SANTIAGO Es raro que a un descubrimiento, por oscuro o trivial que fuese, no Ie acompañara en un momento una precaución patética.
Cuando se inventó el primer tren se advirtió, con superstición, que cualquier aparato que viajara a una velocidad superior a 20 kilómetros por hora terminaría hecho ruinas y crearía otras crisis insospechadas.
Hoy, un tren que desarrolle 500 kilómetros por hora, montado sobre tecnología electromagnética, ya no es novedad.
Nadie creería y sería tomada por loca una persona que de fabricante de bicicletas llegara a desafiar y volar un avión.
Los hermanos Wright realizaron esa hazaña.
El primer automóvil emergió acompañado de una sucesión de cuidados extraordinarios. Toda novedad crea efectos contradictorios de aplauso y de rechazo.
Sumergida en el ingrediente de la política, la invención opera como una fatalidad o una tragedia aún antes de haberse constituido en amenaza probable.
La razón es que el miedo tiene una fase irracional que tiende a exagerar las consecuencias de cualquier fenómeno.
Ahora se trata de las células madre y antes fue la observación persistente de las estrellas. Demasiada concentración en ese ejercicio inofensivo por la ciencia incipiente podía poner en movimiento el universo que rechazaba la tecnología dominante de la Edad Media.
Aunque la ciencia se salió con las suyas finalmente y el Cosmos continuó desplegándose indiferente, tuvo sus héroes y mártires en Galileo y Giordano Bruno.
Los problemas éticos, que son atendibles a condición de que realmente lo sean, y no estén meramente influidos por las creencias de una época, tienden a crear tumulto en el devenir de la razón científica, en la filosofía, en el arte.
Sócrates fue condenado a morir por una sociedad que, a falta de un Pericles que ya había dejado de existir, cuando él aún vivía y predicaba los fundamentos de una nueva filosofía, se tornó conservadora.
Ciertos frenos en vez de solucionar problemas se adicionan a los que ya flotan perturbadores en la conciencia amenazada de la gente.
Entre los mas trágicos que registra la historia en materia de doctrinas se encuentran el fanatismo, la demagogia política que pretende, cadena en manos, liberar a los pueblos, las que amontonan libros y Ie dan por destino la hoguera, los mesianismos de último momento, las cruces gamadas que andan hipócritamente detrás de los pecados ajenos, la persecución de las ideas y de todo lo que huela a razonamiento.
Lo clásico merece ser salvado de la intriga y del olvido pero no necesariamente sacralizado como lo único que hay.
Siempre habrá un espacio para la experimentación y para el compromiso con las variantes de la originalidad y hasta con la originalidad misma.

