En los esquistos lexicográficos de la cosmogonía política, la latinidad es un mundo que si bien no es tenido como inferior porque a estas alturas sería bochornoso, sólo ha ido ganando reconocimientos cuando deviene mercado importante y cuando abre ciertas posibilidades económicas.
Su número creciente, de recreación de política sistémica, la densidad poblacional que ha forjado, el trabajo de la opinión pública y los experimenta el mundo han obligado a modificaciones de alguna modesta importancia.
Todo el mundo conoce lo de adorable que hay en el sucio, corruptor y bochornoso papel estampado con figuras fundadoras conocido como el dólar de Estados Unidos.
Lo que no sirve para ser manipulado políticamente, como se manipula ahora el apellido Sotomayor, sirve para poco.
Orquestar ejercicios hipnóticos en la multitud es una de las razones para la pervivencia del liderazgo. Todo político debe tener algo de mago.
A algunos se les escapa antes de la función el conejo del sombrero y fracasan. Otros guardarían un elefante, para asombrar y entretener, si les estuviera permitido.
La carpa no se puede dar el lujo de cerrar porque haya momentos de crisis, que templan los mejores espíritus.
En una de sus metáforas mejor cimentadas, y dejó bastantes al mundo, un filósofo que fue tema imprescindible y hoy es proscripción y anatema, dijo, con acierto, que las clases no se suicidan.
En efecto, cambia sus lanzadores, mudan de ropaje, transfieren argumentaciones pero jamás entregan lo que entienden que intrínsecamente les pertenece.
Todo el mundo sabía que la señora Sotomayor iba a ser incluida en la Corte Suprema, pero para dormir a las fieras y despertar una atención, por cierto, excesiva, el espectáculo debía funcionar de la manera en que lo montaron.
En el competitivo campo deportivo, negocio a gran escala del stablishment, no se recuerda al primer caso de un puertorriqueño en las Grandes Ligas que haya sido mencionado como latino.
No les interesa ni les hace gracia y no ganan nada con ello.
En el no menos intenso territorio de las circunstancias políticas, no hay grandes avances de ese pueblo representado en Estados Unidos.
Un boricua es un boricua y nada más y será así por mucho tiempo.
Independientemente de que un latino ocupará la presidencia de Estados Unidos y de que ahora se hace política con esa fuerza votante, aún hay excesiva publicidad no menos mitológica que el mito alrededor de figuras prestantes que son declaradas latinas porque ostentan un apellido de esa cultura en Estados Unidos.
Es curioso que casi nadie es mencionado como caucásico, anglosajón y germánico en las crónicas felices de ese océano de posibilidades políticas.
Y eso es lo que son los estadounidenses.
Remarcar lo hispano no ofende necesariamente, pero ejercita una clasificación innecesaria pero influye a la hora de la toma de decisiones puesto que la gente, para los fines de la realidad real, no la ilusión y el sueño, no es hispana, negra ni latina, sino expresión de la raza humana, que es unánimemente toda.
El hábito de lesa clasificación que es arbitraria contiene y siempre ha contenido un inocultable sesgo ideológico-político.
En Estados Unidos hay hispanos, afroamericanos y, por cierto, los indios, con sus reservas y sus reservaciones a cuestas, parecen seguir no existiendo.
Los perdedores casi siempre han merecido de premio la nulidad o el encierro.
El que una dama de origen puertorriqueño llegue a la Corte Suprema de Estados Unidos, iza en vilo, inexplicablemente, la atención pública durante semanas.
Ya una información reciente colocó las cartas en su lugar descanso, el hecho de que haya latinos en el actual gobierno de Barack Obama no significa en modo alguno que habrá una política latina irradiando sus influencias desde la Casa Blanca.
La política dirigida al circo, a la opinión pública, al movimiento mediático cautivo es un factor y otro, a veces opuestos o bastante diferenciado es la real polítik.
Se trata de un matiz, un detalle a considerar, no una cuestión medular, estructural que pertenece a la configuraciones básicas de la real politik.
Una prueba clara es la casi indiferencia ante el reclamo continental por la reposición de Manuel Zelaya en el gobierno usurpado e impuesto de Honduras.
Y hay muchas más recreaciones de la virtualidad política que desdice de la tal política.
Tampoco habrá una política negra o afroamericana porque la Casa Blanca la ocupe un hombre de esa tonalidad.
No es que la elección por halcones y palomas de una dama brillante latina no tenga una relativa importancia sobre todo en su expresión propagandística y en la idea, algo ilusoria de que a ese sector se le toma en cuenta.
Es que la mujer allegada al alto tribunal no va a apenas nada del complejo universo de intereses que teje y desteje la sustentación del establecimiento jurídico estadounidense.
¿Se verán favorecidos con empleos, no discriminación, no violencia los latinos por la presencia en el tribunal supremo de una dama de origen puertorriqueño y por tanto estadounidense, según reza en su pasaporte, en su crianza anglosajona, en sus hábitos? Para nada.
El sistema no funciona así: la concesión es fáctica.
Ella no ejercerá ninguna fuerza decisiva y aún fuera la presidenta de la Suprema Corte de Estados Unidos, ahora o en el futuro, a la hora del ejercicio de su voto, para lo que fuera, ella sería un voto más, porque ese, como se acepta ya de modo universal, ese un tribunal colegiado, no el Senado de Roma en el que el emperador podía ejercitar su poderío a voluntad.
La abogada Sotomayor fue aprobada cómodamente por mayoría de votos, como se esperaba, por el Senado estadounidense hace dos semanas.

