Por Danilo Cruz Pichardo
danilocruzpichardo@gmail.com.-
El licenciado Luis Abinader, presidente electo, no tiene el carisma de los extintos Peña Gómez y Hatuey Decamps; tampoco de Hipólito Mejía, personaje gracioso que provoca risa en todas sus expresiones orales. Pero tanto Peña, Hatuey como Hipólito cometían errores con frecuencia, lo que no se ve en el hombre que jurará como jefe de Estado el venidero 16 de agosto.
El secreto de Abinader radica en que es prudente y ecuánime, tanto así que en su trayectoria política todavía no se le ha detectado una pifia. Es de las personas que piensa antes de hablar y de actuar; no polemiza ni confronta con nadie, a tal extremo que ni siquiera las calumnias —que suelen dolernos a todos, porque son infames y afectan nuestra honra— las responde.
Pero si usted añade la prudencia y la ecuanimidad, que exhibe el presidente electo, a la honestidad heredada y recibida en la formación hogareña, hay que llegar a la conclusión que es un hombre dotado de un conjunto de características atractivas sobre todo si el elector se detiene a estudiar los atributos de una figura pública.
De manera, que Abinader no sólo es prudente y ecuánime, es un político y empresario transparente, al cual sus adversarios no han podido atribuirle la evasión de impuesto, pese a que le han dado seguimiento durante más de una década y sus comunicaciones han estado intervenidas.
De todas sus cualidades o valores —desde la óptica de este humilde columnista— lo más relevante es su transparencia. No ha llegado a la Presidencia y ya anunció la designación de un procurador independiente, a pesar de la enorme cantidad de abogados meritorios que tiene el PRM.
Aún más: anunció la eliminación del Despacho de la Primera Dama, al considerar que las funciones de esa oficina pertenecen a ministerios y a direcciones generales. Con esa decisión dará el presidente electo que el ejemplo empieza por “la casa de uno”.
No tengo duda que desde el poder Abinader ratificará sus grandes secretos: ecuanimidad, prudencia y transparencia.

