Donde el signo nada explica va un pájaro sin alas, ¿eres el pájaro sirio que ha cantado a las aves maltratadas? Dionisio López Cabral.
El símbolo signó el pretérito cuando no había otro modo de expresar la potencia el poder y de los poderosos.
Es múltiple, complejo y es de una significativa universalidad. Aunque no es jamás un argumento sí prefigura una lógica.
No simbolizar es como no ser, es una ausencia en medio del vacío.
El héroe mítico, como lo ve Paul Diel, se perfila como una proyección simbólica de nosotros mismos, parcial o total, tal como somos en una fase de nuestra existencia.
Signos y símbolos interactúan delineando, cada uno desde sus respectivos dominios sus correspondientes especificidades.
El símbolo que decide una era y un momento histórico ha recorrido la vida humana como una lenta ecuación fáctica de sus variadas edades.
Hermano recurrente del signo, ha delineado pasiones y disposiciones y obliterado momentos que parecían signados por la eternidad.
Sus significaciones cambian, sufren mutaciones pero el trasfondo suele ser el mismo.
Sólo la modernidad ha prestado una gran atención sociológica y antropológica a esta particular creación humana, y por tanto artificial, destinada a mostrar y a mostrarse en poderío y gloria.
Somos seres de signos y símbolos incluso en nuestros sueños, cuando todo parece irreal.
Esos, nuestros sueños, suelen ser tan surrealistas como simbolistas.
Cuando se exceden en el realismo que nos atormenta les llamamos pesadillas.
Es muy raro que un gobernante, un rey, un príncipe, un primer ministro, se despojen de la fruición simbólica que suelen ostentar para ejercer a cielo abierto su función de autoridad meramente humana.
El hombre es un dios incompleto, inacabado y hasta, por ello, incoherente.
El símbolo no es, ni siquiera por caooptación, una autoridad propiamente sino su más recurrente decorado.
No es un trasfondo sino un escenario, un clima, una vía, un anuncio de aquello que debemos asumir como convención implícita.
A veces avasalla, otras veces, ilustra y se muestra como alegoría.
El símbolo se diferencia esencialmente del signo-nos precisa Jean Chevalier-en que Este es una convención arbitraria que deja el significante y el significado (objeto o sujeto) ajenos uno a otro, es decir que el símbolo presupone homogeneidad del significante y del significado en el sentido de un dinamismo organizador.
La teatralidad simbólica que acompaña los gestos previos de un gobernante ante sus gobernados, que ilustra la sacralidad de un templo, que decora cualquier tipo de organización, ritualiza un momento del ser.
Si no se tuviera ese recurso, si no lo tuvieran quienes presumen de tener autoridad, la jerarquización humana tendría serias dificultades para darse a entender como tal.
Difícilmente la habría y ya se sabe cómo le temen los seres humanos al caos que actúa como una fuerza desconocida y en ocasiones avasallante y sórdida.
Lo desconocido raramente resulta bienvenido en esa comunidad sensible.
Cuando Bachelard nos invita a soñar sobre los sueños y a descubrir en esas constelaciones imaginarias el deseo, el temor, la ambición que dan a la vida su sentido secreto, no hacía más que duplicar la visión que tenemos de esas imágenes etéreas.
Ariadna nos sigue de cerca hacia la oscuridad de las formulaciones oníricas. Los símbolos revelan velando y velan revelando, afirma Georges Gurvitch.
Las ceremonias de iniciación que alguien vio con asombro en la celebrada Casa de los Misterios de la destruida Pompeya,- y cuya imagen esotérica no cesa de asombrar- oculta por milenios entre las cenizas del Vesubio, más que una ceremonia corriente, califican para la reproducción de alguna pesadilla amable, si la hubiera, o un ritual deslumbrante en un lugar muy sagrado.
Chevalier insiste en que la percepción de un símbolo es eminentemente personal en razón de que varía con cada sujeto y porque procede de la persona entera.
Este tiene la propiedad excepcional de sintetizar en una expresión sensible todas esas influencias de lo inconsciente y de la conciencia como también de las fuerzas instintivas y mentales en conflicto o en camino de armonizarse en el interior de cada hombre.

