Insiste en ser una copia de Balaguer. Pero, en finde cuentas, no pasa de una mala copia. Aunque nunca le agradeció que le haya pasado el poder, se empecina en repetir su peor versión, tratando de replicar un eterno retorno injustificable, argumentado su propia negación. Desandando, como si dijéramos retrocediendo.
Exhibe ahora un discurso que, en su gobierno, habría sido lo más enconado y ácido en materia de oposición. Habla ahora, sin rubor, de escrutar y evitar unos vínculos con el narcotráfico, que entonces trató con indulgencia; de mantener una “independencia” judicial que en verdad nunca respetó; ocuparse de unos gastos domésticos y familiares que sus glorias le impidieron ver ni atender.
En aquellos días, tales declaraciones entrarían en conflicto con su comportamiento y proceder, bajo la creencia irrefutable de que el Estado comenzaba y terminaba en él: l’état, c’est moi.
Se trata del mismo gobernante que hizo del poder un instrumento a su servicio, en vez de ser un recurso que sirva a la República y al pueblo, como manda la Constitución.
Arropado y enmarañado entre rituales y afanes particulares, ajeno a la sencillez y al sentido de humanidad y compasión que engrandece al hombre de Estado, se hizo rodear de un séquito afín a sus propósitos e intereses. Sin darse cuenta, acaso, que toda maleza engendra sus propia exterminación. Y, en efecto, ahí vino su contraparte a lo interno a superarlo en tareas y malas artes tan sinuosas como oscuras. No hay peor cuña que la del mismo palo.
En su desandar se apega al “vuelve y vuelve” que el viejo caudillo vendió bajo la promesa de realizar un sueño pendiente. Esta vez, la propuesta de retorno, se limita a negarse a sí mismo sin reservas. Con lo cual Leonel Fernández no hace más que recrear los fracasos de sus gobiernos, como decir del PLD. Nada garantiza que ahora sea diferente.
Estar inconforme consigo mismo no es arrepentimiento. Tampoco nada garantiza que su nueva sombrilla, la Fuerza del Pueblo, sea diferente al PLD.
Por: Eduardo Álvarez
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