Ramón Rodriguez
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La sociedad dominicana ha experimentado cambios dramáticos en todos los órdenes. En un período de sólo 4 años- 1998-2002-, vio desaparecer físicamente: al doctor José Francisco Peña Gómez, al profesor Juan Bosch y al doctor Joaquín Balaguer. Sobre ellos giró todo el quehacer político nacional durante más de 50 años. Esos tres grandes dominicanos con ideas encontradas y con visiones distintas de cómo desarrollar eficientemente un proyecto de nación, desataron odio, amor y mucha pasión en una sociedad arrítmica que encaraba la efervescencia de la guerra fría y una juventud influenciada por la Revolución Cubana.
Contrario al nuevo liderazgo pragmático que aportó la pequeña burguesía, con actores que buscaron ascender afanosamente sin importarle la suerte de la República, los llamados »Tres grandes» de la política criolla, ejercieron con vocación patriótica y nunca se aferraron a »Don dinero».
Con Carlos Marx y luego con Emile Durkkeim, y Max Weber, aprendimos que las sociedades aportan de una manera natural sus nuevos líderes. Sólo que en caso de la República Dominicana, el liderazgo de los tres grandes fue extremadamente absorbente y no hubo tiempo para madurar los nuevos actores llamados a comprender cabalmente el mundo desbocado que nos presentó Anthony Giddens y un neoliberalismo salvaje que se ha comido las esperanzas de los pueblos.
La tétrica realidad está a la vista de todos. Nuestras instituciones son cada día más frágiles. Tenemos una caterva de políticos y contados patriotas. Es parte de la cultura política llamar »pendejos» a quienes dirigen posiciones públicas pulcramente. Muy pocos políticos pueden explicar sus fortunas. No se ejerce la política por vocación, sino, para garantizar un encumbramiento social.
Los dominicanos que no hemos perdido la fe en la República, debemos echar un vistazo reflexivo a los ideales patrióticos de Peña, Bosch y Balaguer. Y hacerlo sin nostalgia, con humildad, reconociendo que una parte del liderazgo emergente ha fracasado.
Simón Bolívar fue profético: la misión de lo que existe, es seguir existiendo, en ese sentido, urge dar respuestas satisfactorias a tantos excluidos sociales que se desayunan con un Ave María y cenan con un Padre Nuestro.
