Opinión

Mejor largarse

Mejor largarse

Allan Karlsson no lo pensó dos veces. Antes de permitir que, a sus 100 años de edad, lo utilizaran de instrumento de propaganda, decidió que lo mejor era largarse. Y fue lo que hizo al saltar por una ventana, sin reparar en las consecuencias, para iniciar la última de las aventuras que marcaron su desenfadada vida.

Tomar de instrumento a un experto en explosivos, que había resuelto el enigma de la bomba atómica, se emborrachó con el presidente estadounidense Harry Truman,  que salvó la vida al dictador Francisco Franco y ayudó a escapar a la mujer de Mao Tse Tung, no iba con su temperamento ni con su historia.

Demasiado satisfecho vivía Karlsson con su pasado como para permitir que sus 100 años de edad fueran utilizados por el alcalde y un asilo de ancianos para beneficio propio, como si se tratara de un acontecimiento único en la historia de Suecia. Karlsson había sido un aventurero que milagrosamente sobrevivía a los más intrincados episodios.

Pero era también un tipo que exhibía la sinceridad como una de sus principales credenciales. Sin medir las consecuencias a que podía exponerse se identificaba siempre como lo que era: experto en explosivos y a renglón seguido su historial. Sólo en una ocasión, cuando inicia la última de sus travesías  al volar de Suecia a Bali en un avión rentado y en que todos los tripulantes carecían de papeles, no utilizó su credencial, sino que se identificó como “Mr. Dollar”. Nada de euro ni libra esterlina.

Y todo porque cargaba con una maleta con 50 millones de coronas procedentes del narcotráfico que pertenecían a un joven que le había pedido que se la vigilara, pero con tanta mala suerte para éste, que el autobús en que viajaría el anciano pasó antes de que volviera. Esa oportuna mentira era la única garantía que tenía el grupo de pasar sus días a cuerpo de rey en la isla de Indonesia.

Karlsson, que cruzó el Himalaya, escapó de su inminente ejecución en Irán, sobrevivió a Stalin en Siberia y que, gracias a Mao Tse Tung, también tuvo la dicha de librarse de ser fusilado en Corea del Norte por orden de Kim Il Sung después de éste descubrir que se hacía pasar como un mariscal soviético, se jugó, largándose del asilo, su última aventura antes de marchitar un pasado que cargaba como una medalla  ganada por su  valor y lealtad.

 Aunque hasta llegó a expiar para la CIA, Karlsson no creía en ideologías. Y menos de izquierdas. Las dos matanzas que provocó, para librarse de la muerte, no por casualidad fueron en Irán y en la Unión Soviética. La divertidísima historia contada por Jonas Jonasson en “El abuelo que saltó por la venta y se largó” tiene, aunque sólo se trate de una obra de ficción, muchas lecturas. Karlsson es ese espíritu independiente, y creativo, que no repara en avatares, y que de la vida  no exige más que vivirla. Eso sí, con decoro.

El Nacional

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