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Mi compadre Danny

Mi compadre Danny

Hace unos días, mientras buscaba en mi biblioteca un cuaderno de notas, encontré un casete con los jingles que Danny León Vicioso había producido para mis campañas publicitarias. Al reproducir el casete y escuchar los jingles, medité profundamente en el amigo que había partido para siempre, en aquel compadre al que conocí un sábado del año 1967, cuando tocaba el piano junto a Rafaelito Cepeda y Juan Valenzuela —con los que formaba el maravilloso trío Los Bemols—, en el patio español del Hotel Hispaniola. Recordé, entonces, que le solicité me realizara algunos jingles para mis clientes y ahí nació una amistad que nos unió hasta su muerte, 44 años más tarde.

Junto a Danny formé un sólido tándem creativo en donde yo aportaba los textos y él los musicalizaba. Inclusive, mi obra de teatro La fosa del mundo le sirvió a Danny de base para su extraordinaria composición Habrá un nuevo mundo.

Su talento musical fue extraordinario y su numen se explayó hacia zonas sociales que, catapultadas por su visión humanista, recibieron sus creaciones como un regalo de Dios. Su vida se extendió por 64 años y transcurrió sin hacerle daño a nadie, siempre con una sonrisa a flor de labios y aprovechaba cualquier motivo para invitar a su hogar y brindar algunas de las magníficas comidas que preparaba. Su vocación gastronómica lo llevó a inaugurar el legendario restaurante El Fogón, en la Avenida George Washington, y al que le endosé el lema de Lo mejor del malecón.

Allí nos reuníamos en las tardes para discutir y analizar, no sólo los problemas que ahogaban al país durante el balaguerato, sino los que acogotaban al mundo.

A Danny lo llamaba a cualquier hora cuando arribaba a la idea buscada y, tras leerle el texto recién creado, él me llamaba luego para cantarme la melodía compuesta. Su mundo era la música pura y la articulaba siempre con ese dejo romántico que narraba magistralmente el storytelling. ¡Ese fue su gran aporte al mundo de la música y al publicitario! En doce, dieciséis, treinta y dos compases, Danny narraba melódicamente el anuncio para ser aprehendido, para ser creído y, siempre, para no ser olvidado.

Lo penoso de la partida a destiempo de Danny León Vicioso —a quien nunca me cansé de sermonear para que se introdujera en un mundo musical más profundo—, es que había comenzado a realizar, alejado completamente de ese cosmos de los estribillos comerciales del jingle, obras musicales enmarcadas en nuestra historia, composiciones que cantan las asperezas por las que ha tenido que atravesar nuestro pueblo desde el cruel encuentro de nuestros aborígenes con los conquistadores.

Pero sé que Danny no ha muerto. Eso lo sé porque su música y sus arreglos permanecerán más allá de los tiempos. Más allá de los espejismos modales en que este frenético desarrollo tecnológico nos tiene atrapados. ¡Sí, Danny León Vicioso está allí, donde lo inmortal se vuelve luminoso porque se asienta en la virtud del talento!

El Nacional

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