En el anterior de estos artículos, atinadamente titulados Detengamos la degradación por la fraterna Lilliam Oviedo, correctora de estilo de este vespertino, me referí al menosprecio, tanto de fondo como de forma, con que algunos decidores tratan la comunicación, principalmente a través de la vía oral. Apunté entonces que sólo un cretino se atreve a afirmar que algunos vocablos, si están en el diccionario, no pueden ser considerados malas palabras.
También expresé que decir esa barbaridad a través de las ondas hertzianas y de la Internet, es un crimen de lesa educación, en tanto per se contradice, con sus perniciosas consecuencias, la autoridad del maestro en el aula y la de los padres en el santuario hogareño. Aterra pensar en la impotencia de éstos ante la exigencia de sus hijos para que les confirmen que lo correcto es lo ya aprendido, y no la basura que escuchan.
Hoy día reitero con más convicción y propiedad que cuando lo expresé por primera vez a la sombra de un pote, como solía decir el finado amigo Pedro Muñoz Batista, en las tertulias que se armaban en el bar Tres Rosas de la calle Espaillat, que lo peor que le puede pasar a un pueblo que recién sale del oscurantismo propio de las dictaduras conservadoras, es que los medios que sirven para promocionar y preservar el acervo cultural de la nación, caigan en manos de gente que desconoce cuál es su deber y también su responsabilidad, a los fines de que no se lesione ni en lo más mínimo la identidad.
Sólo para no sentir la vergüenza que sería, me desentusiasma la idea de saber la opinión de los oyentes que allende los mares escuchan lo que difunden emisoras, cuyos propietarios son auténticos tarados en casi todos los sentidos; pero, eso sí, pujantes quincalleros que la calaña perversa a cambio de prebendas y canonjías, llama ideólogos y productores, sin que ellos se enteren de que son el ridículo de la farsa.

