A propósito de la acostumbrada celebración en casi toda la Tierra del Día de San Valentín y de los enamorados o del amor, esta vez el pasado martes 14 de los corrientes, se me ocurre puntualizar algunos conceptos; unos aprendidos en fuentes doctrinarias y otros fruto de la experiencia que se adquiere a través de las vivencias, buenas y malas, acumuladas por los años.
Disfrutar a plenitud de la respetabilidad que le reservó Confucio a los que, a pesar de las vicisitudes pudimos cumplir con los múltiples y delicados requisitos que exige la llamada Tercera Edad y poder aspirar a la venerabilidad de los ochenta, con la satisfacción de haber honrado nuestro ciclo existencial, más que un logro, es un acontecimiento.
Avalado por el introito, digo que el 14 de febrero de cada año debe conmemorarse el Día de los Enamorados de San Valentín, no el día del amor. Desde tiempos inmemoriales se cree que es lo mismo enamorarse que sentir amor, y eso no es cierto. Enamorarse, es una actitud irreflexiva y cuasi divina, por cuanto implica la extensión de lo propio hacia alguien o algo.
Al respecto, Robert Johnson, en su ensayo Aceptar la sombra de tu inconsciente, apunta que: Enamorarse es proyectar esa parte especialmente dorada de la sombra de uno mismo sobre otra persona. Es lo que más se parece al amor romántico de Platón, si no lo resume.
Cuando dos personas se enamoran, es como si el sentimiento recíproco que profesan hubiese sido generado por la voluntad de Dios; los enamorados se encantan y permanecen felices en un sueño que se prolonga hasta tanto dure la experiencia que los ha llevado a vivir en la divinidad.
Si desaparece el encanto, y de repente surge la otra cara de la realidad, la crisis en la relación y finalmente el caos, son inevitables. Solo si se logra vadear esa situación, es posible que aparezca el amor humano, más pasivo y menos tierno, y mucho menos egoísta

