El pesimismo patológico, como el que inexplicablemente procura quien padece los efectos de la hipocondría, daña tanto la autoestima, como devastador es el exceso de optimismo, cuando es preciso enfrentar la verdad, en tanto no hay manera de soslayar su intrínseca realidad.
No hay que ser un iluminado para entender el mensaje revolucionario que envió el mártir del Gólgota, cuando en el desarrollo de su lucha clamorosa contra la opresión que sufría su pueblo, proclamó que la única vía para obtener la libertad es conociendo la verdad, según afirma el evangelio de San Juan (8-32).
En ese testimonio quedó sellado para siempre que la razón fundamental de la humanidad es la verdad; en tanto define el concepto libertad y lo establece como la condición natural del hombre. Sin embargo, vivir de espaldas a la verdad, parece ser el leit motiv del accionar político de las últimas cosechas de un PLD muy distinto al que fundara Juan Bosch en 1973.
Como si se hubiesen formado en la época presocrática, cinco siglos antes de Cristo, bajo la égida de Jenófanes de Colofón y Parménides, fundador y creador de la deontología de la filosofía sofista, estos nuevos maestros de la retórica del engaño, siempre tienen a flor de labios los sofismas y eufemismos más inverosímiles y perversos.
Acaso por eso, según las últimas encuestas de Gallup y Penn, Shoen & Berland, casi el 70% de los electores hábiles para votar el 20 de mayo de 2012, no cree en las promesas peledeistas, y a los del entorno del presidente Leonel Fernández los considera mentirosos, desvergonzados y corruptos.
Gracias a Dios, el pesimismo ni el optimismo a ultranza ni la verdad monda y lironda, como le gusta decir a la gente, tienen por qué perturbar los designios que desde el poder realizara el PRD con Hipólito Mejía en el Palacio. ¡Otra vez!
A pesar de esta desgracia que padecemos, resulta refrescante parodiar la ocurrente expresión de los cubanos: ¡Qué suejte tiene el dominicano, compay !

