Nos ama y hace reír, ¿qué más se puede pedir? Si tiene frente, no lo sabemos. Una pollina, no muy larga, le llega a los ojos, cubriendo, incluso, sus cejas, tupida suponemos, a juzgar por sus velludos bracitos, tan cortos que cuando toma el palo de escoba, parece tenerlo abrazado. Su nariz, diminuta, digamos que chistosa, apenas deja espacio para dos pequeños orificios como perforados con una aguja. Cómo y por dónde respira es un misterio. Sus ojitos, negros y centellantes como peonías, se mueven en círculo, de manera asombrosa, parpadeantes como bombillitas de un arbolito de Navidad.
No lo van a creer, pero sus orejas, grandes para su carita, dan la impresión de moverse, como abanicos que penden oscilantes. O, por lo menos, nos hace creer que las mueve. ¿Ocurre así? No sabemos). Vivaracha e inquieta como pude serlo un alma leve, flotante, la supones más bajita de lo que realmente es. Sometidos a sus influjos, ella nos puede hacer creer en lo más absurdo y fantástico. Espíritu jocundo, curioso, grácil y optimista, rozando la candidez y el entusiasmo, cualidades en las que se enmarca un cuadro hilarante y encantador, que retorna a una inmensa alegría.
Su físico presenta el fenotipo de nuestros aborígenes, los taínos. Reivindica sus genes de manera especial, incluso en su inclinación por la armonía y la paz. Creíamos, hasta hace poco, que era miedosa, pero ahora me doy cuenta de que, en realidad, solo evade todo tipo de peleas o discusiones, lo cual combina con su vivacidad y un alto sentido del humor. Sería un buen antídoto para curar a personas habitualmente amargadas. La paz es su elemento. Destaca, además, contando cuentos. Representa, de manera teatral o cinematográfica, los de Juan Bobo y Pedro Animal. Gesticula, con las manos y con el rostro, cada torpeza y enredo oral de estos tarados personajes, no reflejando la brutalidad ni la ignorancia, sino la candidez de una ruralidad predominante. Es asombrosa la forma cómo mueve cada músculo de su cara, con la misma destreza que las manos. A un maestro de la pantomima y el teatro le sorprendería encontrar tanto talento natural.
Estamos hablando de Milagros la Infalible, despierta mujer de la loma de Palma Picada, un remoto y apartado campo de Esperanza Dulce, graciosa y dedicada, como muchas que puedes encontrar en esas verdes y frías colinas, entres ríos y arroyos, de nuestras cordilleras. La naturaleza, generosa en estos lugares, colma de amor y bendiciones a sus mujeres. Para ser felices nos basta con tenerlas. A ellas las hacemos felices valorándolas. Amando siempre agradamos.

