El Gobierno nunca ofreció señales de simpatía con el Tratado de Libre Comercio (TLC) con Centroamérica y Estados Unidos. Si no lo rechazó fue porque era demasiado para oponerse a un acuerdo impulsado no sólo por la clase empresarial, sino porque era y es difícil para una nación como República Dominicana liberarse de la influencia estadounidense. Sin embargo, la reticencia no estaba dada por las desiguales relaciones comerciales, hoy claramente de manifiesto, sino por las ataduras políticas que implicaban las condiciones del convenio. Hubo que aprobar una ley hasta de compras y contrataciones públicas y aceptar tribunales internacionales para dirimir conflictos entre las muchas medidas que se tomaron para formar parte del TLC. Al cabo de los años ha resultado que tampoco se estaba en capacidad de aprovechar las ventajas que representa el mercado estadounidense. En 2007 el intercambio comercial cerró con un saldo negativo de 1,877.05 millones de dólares, y en 2008 el balance fue todavía peor al alcanzar 2,921.8 millones de dólares. Durante ese periodo se registró, empero, un incremento de las importaciones. Las exportaciones dominicanas han sido las más bajas en virtud del convenio comercial que los centroamericanos sí han aprovechado con creces. Eso significa que el problema puede estar en las condiciones de producción más que en el modelo económico. Como el TLC no era del agrado del Gobierno, con los resultados parece que ha llegado el momento para justificar su ineficacia, y quizás tomar la ruta del Alba, que, igual como ha ocurrido con Petrocaribe, no implica la incomodidad de rendir cuentas. Claro, después ¡a Dios que reparta suerte! Con el Alba, en las condiciones actuales, las exportaciones tampoco mejorarán, aunque sí las importaciones a través del endeudamiento con Venezuela.

